viernes, 15 de marzo de 2013

EL TEMPORAL

LOS veraneantes que venían a San Sebastián el siglo pasado buscaban la brisa del Cantábrico, el sol suave que no achicharraba como el de la paramera castellana en los meses del estío, los baños en La Concha y junto a esto, fiestas, toros, verbenas, regatas, el Casino, etcétera. Lo que no querían era lluvia, sobre todo la lluvia persistente que caia cuando había temporal. Cuando esto sucedía, se ponían de malhumor y los periodistas enviados por los periódicos de Madrid para contar lo que sucedía en la Corte veraniega de España, protestaban. A uno de ellos, Enrique Sepúlveda, le cogio un gran temporal de agua y viento en el verano de 1897, y todo su mal humor y su disgusto lo reflejó en una crónica, escrita no con tinta sino con hiel.

«Como quien riega con manga de ancha boca -escribía - así descargan las nubes donostiarras chubasco tras chubasco, encharcándolo todo y levantando del mar y de la tierra un espeso vapor de agua, una niebla espesa y pegajosa, que en detenninados momentos obscurece la claridad de la mañana, hasta el tono opaco del crepúsculo vespertino, y que al anochecer hace casi invisible las llamas amarillentas y temblonas del gas del alumbrado público.

¡Qué aburrimiento y qué humedad! ¡Qué humedad sobre todo! ¿Recordáis nada parecido? Mojadas las ropas de la cama, las servilletas y los manteles de la mesa; caladas las cestas (coches de caballos que precedieron a los taxis), a pesar de su toldo y cortinas impermeables; convertido en lago el Boulevard, enfangada la Zurriola, flotantes las sillas y las mesas exteriores de los cafés, soplando recio el viento, salpicando las olas a los contados curiosos que se acercan a los murallones para ver subir la marea, respirando y pisando agua en todas partes y a todas horas».

Todos los veraneantes se aburrían agotando el repertorio de los bostezos, nadie estaba en la playa, nadie se bañaba; no había música en el Boulevard, ni paseo en La Concha, ni gente en ninguna parte. Los que tenían casa propia, menos mal, pero los hacinados en casas de huéspedes adquirían los días de temporales y diluvios carácter de víctimas, «pues da compasión pensar lo insoportable que se les hará el tiempo sepultados y tabicados en el raquítico habitáculo que les sirve de alcoba,de cuarto y de tocador.

Al cabo de 48 horas, ya no llueve, diluvia. El aire convierte a la lluvia en un inmenso látigo de incontables puntas. El mar suena con fuerza y las olas se rompen con estallido de bólido. El cielo está negro; las brumas, impenetrables. ¡Que delicia!».

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