miércoles, 13 de marzo de 2013

NIEVA EN LA CIUDAD

Una nevada cubrió de blanco San Sebastián a principios de enero de 1894. Y no faltó la prosa política de Marcelino Soroa para describir el paisaje de la ciudad y sus alrededores envueltos en el blanco sudario de los copos de nieve.(LA UNION VASCONGADA,Jueves 4/01/1894, nº.843, portada)
Qué delicioso es ver nevar sin experimentar los rigores del frío! Observad el lento descenso de los copos que caprichosamente tienden, bien a reunirse aumentando por lo tanto de volumen, o bien parecen desdeñarse, aislándose frívolamente como si anduvieran a 'bules' hasta llegar a posarse de una manera incierta al punto menos determinado en su caída.
Después el esmalte del suelo tapizado por delicadísimas láminas que a la acción de la luz producen brillantes colores».
¿Y los pajarillos, qué es de los pajarillos cuando la nevada cubre calles, casas, jardines y paseos?
«Los ateridos pajarillos que apenas pueden tender su vuelo, llegan en pos de algún abrigo al amparo de las calles y plazas. Buen amparo les espera! Ya se encargarán los 'muquizus' de hacerlos ver que se hallan en España. Pues ya se sabe que en los jardines de París y otros puntos de Francia, los pajarillos se acercan a comer unas migas de pan de manos de los mismos chicos; porque allí no hay muquizus. Esta es una fruta genuinamente coskera. Así pues, por esta vertiente de los Pirineos, perseguidos y acosados los pobres pajarillos, con la red de emboscadas que les arman, sucumben al nutrido fuego de las bombas de campo. ¡Inocentes víctimas!».
Todos gozaban de la nieve, al decir de Marcelino Soroa. «Desde el tierno 'muguizu' que recientemente se ha colgado sus greguescos hasta el octogenario que al amor de una bien encendida estufa contempla la caída de esa infinita variedad de copos, goza cada cual a su guisa.
El placer del primero estriba en lanzarse a la calle, formar una pelotilla y mostrar regocijado en casa, gritando: ¡Ya tengo nieve, ya tengo nieve! El anciano, compara la temperatura exterior con la que él disfruta, entra en cabildeos acerca de nevadas que en sus mocedades duraron más o menos tiempo, aviva un poco el fuego, se arrellana en su sillón y concluye por exclamar: "aquí me las den todas!".
Las bolas de nieve se dirigían a los paraguas que llevaban abiertos algunos transeúntes, los atacaban con brío produciendo estrepitosos ruidos que provocaban la hilaridad de otros individuos...
Así disfrutaban aquellos chicos de hace un siglo cuando la nieve caía sobre la ciudad.



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