miércoles, 13 de marzo de 2013

IMPRESIONES DE UN VIAJERO

ERA un hombre de un espíritu inquieto y andariego, que paseó su bohemia soñadora por medio mundo. Ahondaba en el paisaje de las almas y en el alma del paisaje.Vino a San Sebastián de Bilbao en 1903, en un viaje que le pareció una sucesión pintoresca y coloreada de cuadros de suprema belleza y esplendor. El viaje le llevó a campos luminosos, dormidos en la siesta bajo un azul ebrio de sol.Vio las aldeas euskaras, blancas y sonrientes, abismadas en la contemplación de altas colinas verdes; «Eibar con sus grafuas negras y llameantes; dentro los obreros, muchos obreros de Cutanda, fornidos, musculosos, tostándose en las fraguas abiertas y hondas como enormes bocas que rugen y que maldicen.Más tarde Deva, hermosa porcelana blanca en el cuadro verde de la naturaleza; luego Orio, arrodillado al pie de la playa chiquitina y roja, como ninfa ansiosa de aprender el misterio que traen las olas de . rumor perenne...».Y luego San Sebastián. El autor de aquellas impresiones que firmaba con sus iniciales, J. de A., no quería hablar «por. que más que expresión de verdad se creería tributo obligado de galantería. Además mi pluma no podrá decir la impresión de mis ojos atónitos y deslumbrados. Ya llevo San Sebastián en mi retina, vibrando como una eterna mancha de luz...» Venía el viajero a la capital donostiarra en el epílogo de las fiestas del verano, cuando las playas estaban llenas de gente que apenas dejaban pasear por ellas, los paseos aristocráticos comenzaban a verse menos concurridos y la población entera volvía a su quietud y recogimiento la tristeza del otoño, próximo a llegar. ¡Había pasado la alería! «Se alejan las bellás mariposas cortesanas al primer vuelo y aquí quedan sólo las abejas que han trabajado mucho, mucho en el verano, para aguardar silenciosas el invierno. ¡Otra vez Madrid!Hay un gesto. doloroso en todas las caritas de muñecas locas, porque todos los adioses son tristes. ¡Otra vez las mismas estaciones! Orio, la Nápoles donostiarra; Deva, la mansión señorial; Eibar, el pueblecillo atormentado y dantesco, con sus hornos negros y llameantes, con los obreros fornidos, musculosos como los ogros de Grimm, y las fraguas abiertas, muy abiertas, como enormes bocas que rugen y que maldicen...».Y aquí terminaban las impresiones de aquel viajero, que con su prosa quería parecerse a la literatura valleinclanesca, con la que recogía lo que le dejó en su ser aquel asomarse al paisaje costero desde Bilbao a San Sebastián hace más de un siglo.

KOXKAS - R.M. - DV - 28 / 04 / 2001

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