lunes, 5 de octubre de 2026

Fraile y artista

 Fraile y artista

FUE dibujante, grabador y pintor, pero lo primero fue fraile y en los cuarenta años que estuvo en su celda del convento no dejó un día de trabajar con su lápiz, su pincel y su buril, y no dejó de orar siguiendo las normas de su orden. Era fray Matias de Irala, y no nació en Guipúzcoa sino en Madrid el año 1680, siendo hijo de una ilustre familia de Anzuola que se había trasladado a la Corte por motivos particulares y por ello el futuro fraile no vio la luz primera en la patria de sus padres.

Desde muy joven se sintió llamado por la fe cristiana al convento, y se sintió también inclinado a la pintura. A los veinticuatro años de edad tomó el hábito en el convento de la Victoria de la Corte.

Conocidas las disposiciones del joven fraile hacia la pintura, le dieron sus superiores facilidades para que cultivara sus facultades de artista. Su biógrafo escribió que vivió durante cuarenta años sin salir de la celda sino para ir al coro y al refectorio, con edificación de toda la comunidad por su modestia, silencio, pobreza y humildad, y con aprecio de los artistas por su continuo estudio e inteligencia en el dibujo y por la dulzura con que enseñaba a los que se aprovechaban de sus luces

En el convento dejó varios cuadros siendo notable el que podiamos titular "San Francisco de Paula repartiendo hierbas y frutas a los pobres para remedio de sus dolencias". En la iglesia magistral de Alcalá de Henares había otro lienzo, un retrato de Santo Tomás de Aquino.

Entre las muchas obras debidas al buril de fray Matías de Irala se halla una Concepción sobre un grupo de ángeles ejecutado en 1713, las portadas de la obra histórica "Monarquía indiana" (1723), la del libro titulado "Defensorio de la religiosidad de los caballeros militares". Grabó con carácter y gracia las estampas de las "Aventuras de Telémaco y varios retratos, entre ellos el del cardenal Molina

Falleció en 1753, a los setenta y tres años de edad y su biógrafo "Mendiz Mendi" no sabía si algún dibujo, grabado o pintura suyas llegarían a la villa de Anzuola, y al fraile Matias de Irala le sucedió lo que a Baltasar de Echave, Ignacio de Iriarte, Miguel de Olarreaga, Miguel de Osarin, Gabriel de Anziondo, Juan de Arriola, antiguos pintores y dibujantes guipuzcoanos de gran renombre, de los cuales no se encuentran en Guipúzcoa ninguna de sus obras.

Fray Matías de Irala dibujaba y pintaba confortada antes su alma con los Sacramentos y las oraciones. Una vida ejemplar con el rosario y con los pinceles, y a muchos guipuzcoanos nos agradaría poder disfrutar de una muestra de su obra


 (05.10.1999)


COSAS CURIOSAS

 


COSAS CURIOSAS

En el otoño de 1963 hubo restricciones eléctricas cheverisimas, con el consiguiente oscurecimiento de escaparates y calles, que le daban a la ciudad un aire muy antiguo o una fisonomía nueva, la de las ciudades en guerra del inmediato pasado, oscurecidas, camufladas en la noche a los ataques de la aviación. Lo comentaba el periódico donostiarra La Voz de España del 20 de noviembre:

«Sería cosa de ir pensando, como han hecho en no se que pueblo de Navarra, en la resurrección de la costumbre antigua del sereno con chuzo, farol, hora y oración en la densa tiniebla de la primera madrugada o en el alba-cielo sucio-de maitines.

Lejos, al otro lado de la ria, el pitido triste de una locomotora de vapor, muy siglo XIX. Un pitido que, a veces, según la dirección del viento y del grado de humedad, se expande y llena todos los ámbitos vacíos y desiertos de la ciudad nocturna: soportales, verjas desoladas de edificios públicos y bancarios -sin un latido humano detrás, cornisas, ventanas de casas desiertas en invierno, franqueadas por el viento, la herrumbre y el verdín.....

Uno imagina que ese gemido es, más que mecánico, casi el clamor de una bestia antidiluviana que la industria hubiera tenido que volver a crear, para sustituir la tracción de diplodocus Y que no puede pasar el ras de la tierra, ni menos ascender hasta la oquedad de los campanarios, que a esta hora transparentan un cielo desnudo y hacen resonar un cósmico, casi perceptible, eco de las estrellas. La claridad eventual del cielo y una esfera de reloj son la única iluminación perceptible. El alumbrado municipal, de tan cotidiano, se olvida y no consigue traspasar las lunas de los escaparates; en ellos, los objetos parecen fríos, desolados, inertes, casi mercancía de sórdidos traperos».

La estatua del almirante Oquendo, situada en la plaza entre el teatro Victoria Eugenia y el hotel Maria Cristina, fue obra del escultor Marcial Aguirre. Debía ser de mármol de Carrara de primera calidad. Las necesidades eran 73.000 pesetas y la comisión municipal encargada de la obra sólo disponía de 42.000. El Gobierno cedió 5.000 kilos de bronce en piezas de artillería. Hubo inconvenientes para que la estatua estuviera terminada el día de la inauguración del pedestal. El Ayuntamiento acordó colocar si no la estatua definitiva, una imitación en bronce.

El 12 de septiembre de 1894, aniversario de la batalla que Oquendo ganó a los holandeses, se celebró la inauguración con asistencia de las personas reales. Hasta mayo del año siguien te no se colocó la estatua defi nitiva, que ahí sigue presidiendo uno de los lugares más bellos de San Sebastián.


(05.10.2002)


Tras las lluvias

 Tras las lluvias

LLUEVE aquí con frecuencia. Llueve con viento huracanado, con granizo, entre truenos, Otras veces suavemente, el clásico sirimiri. Nada como las lluvias del Cantábrico, en las que suele abundar el viento, el granizo, los rayos... Esto escribía José María Salaverría, quien afirmaba que si blando fuese el clima, ¿tendría esta región forma agreste de baluarte donde todas las invasiones han venido? De la dureza del ambiente ha provenido la dureza de la raza; y es bien indudable que nuestras luchas de la vida requieren duro temple.

Se ha hecho dura la raza e indomable, pétreo el suelo, negra la selva, surcada la región de hinchadas corcovas que los barrancos rayan profundamente; el habitante ha debido endurecerse a golpes de la lluvia y su viento implacables.

En las llanuras tropicales se ven vagar bajo un cielo espléndido, hombres mansos que la anemia consume sin convulsiones. Y en esas llanuras recien tes, ofrecidas como un festin de colores a la felicidad, es donde los mayores tiranos han podido imperar Hasta las religiones de ese Oriente enervado, desde Buda a Mahoma, son ritos de renunciación, de esclavitud y de blando sacrificio. No así los dioses germanos, enamorados de las selváticas walkirias, ni aquel Odin escandinavo, jinete en su caballo de ocho patas, corriendo con su lanza entre los sombríos abetos de la selva inacabable.

Pero cuando aquí cesa la lluvia, cuando la ciudad deja de chorrear agua, de gotear los aleros de las casas, cuando en los jardines se ven las flores que resistieron a la tempestad, surge nuevamente el plácido otoño, se ofrecen los paseos con sus galas, amarillean las hojas y un tinte melancólico envuelve las colinas y el río muestra sus aguas transparentes. Es el momento de darse un paseo hacia Loyola.

Entre el paseo y el río hay un alto muro; el río por medio de ingeniosas presas, es más ancho y más hondo; sobre la ladera hay chalets. Desde esa cornisa se contemplan las montañas de Navarra, la sierra de Aralar... Y en el llano, al pie de la cornisa, un gran parque con alamedas extensas, con estar ques amplios, con plazoletas donde algunas estatuas, motivos blancos de la mitología, sirven de meta a los jinetes, aurigas y automóviles

Como no siempre llueve, como el otoño guarda en este pais agradables sorpresas, se ve una campiña animada, feliz y laboriosa, teñida de ese tinte amarillo que convida a la nostalgia.

José María Salaverría escogió el paseo hacia el barrio de Loyola, pero hay otros muchos en torno a la ciudad de San Sebastián y más allá de sus alrededores para disfrutar de la naturaleza y soñar....


(05.10.2000)


La última romeria de 1903

 EL alegre voltear de las campanas de las iglesias aquel 4 de octubre de 1903 anunciaba la fiesta del Rosario, que tiene para los españoles además de la misma alegría de honrar a una de las figuras más simpáticas de la religión, el evocar la memorable fecha de la batalla de Lepanto en la que el pendón morado de Castilla se alzó triunfador abrazado a la cruz, frente al bárbaro pueblo de la media luna.

Por las calles y plazas cruzó la procesión que salió de la parroquia del Buen Pastor, procesión en la que no había cántico del coro acompañado del fagot que animase la comitiva, sino era el pueblo el que tomaba parte activa en los himnos y rezos.

Las calles se vieron animadisimas en aquella tarde otoñal magnifica, propia para consagrarla a la Reina de las flores: brillaba el sol, el cielo estaba limpio de nubes y brumas y la temperatura era suave, lo que convidaba a contemplar en toda su hermosura el campo poblado de manzanos, cuyo jugoso fruto en plena madurez cuelga de ramas que se inclinan al peso de su maternidad.


El camino de Hernani se convirtió en un hormiguero: los tranvías iban repletos y hasta en los estribos iba la gente colgada como racimos donde podía ponerse una mano o posarse un solo pie, pues todo el mundo se dirigía a la última romería de la temporada. Por la mañana se notó ya la animación y muchos fueron a la iglesia a rezar ante la Virgen del Rosario

Por la tarde la aglomeración fue inmensa; la sidra corrió en abundancia, cafés, fondas y restaurantes no tenían un puesto desocupado, y en la alameda, mientras por un lado se jugaban animados partidos de pelota, en otros sitios, entre copudos árboles y sombreados por las montañas siempre verdes, se bailaba al compás de la música cadenciosa del golpear del tamborilero y del pito de quejumbrosos acentos el honesto aurresku, y el de la banda de La Unión el chulesco chotis, un tanto modificado.

El número de carruajes que marcharon por la carretera fue incontable, todo San Sebastián y su colonia desfilaron aquel domingo de octubre camino de Hernani a la última romería del año. El tomar al regreso un puesto en el tren o en el tranvía era como ganar una auténtica batalla

Lo mejor de la romería: que no se escuchaba más ruido que el de la música y perdón por llamar ruido a la música, pitos y tamborileros, y el alegre cantar y gritar de mozas y mozos que con las primeras horas de la noche fueron desfilando a sus caseríos, rebosando alegrias y sin que se turbase el orden con la más ligera cuestión.


(05.10.2001)


La ciudad armoniosa

 ESTE artículo de Wenceslao Fernández Florez fue escrito en 1954 y se titulaba “San Sebastián, la ciudad armoniosa”. Merece la pena volverlo a leer casi medio siglo después de haber sido escrito.

Cuando los últimos veraneantes salen de San Sebastián pueden pensar que las nubes otoñales que avanzan desde el horizonte marino llegan para envolver en algodón a la bella capital de Guipúzcoa y conservarla así, armoniosa y pulida, hasta que apunte el nuevo estío. Ya se han cerrado algunos comercios lujosos, ya enmudecieron algunas orquestas y las sillas de las terrazas se retiraron discretamente al interior de los cafés. Se inicia entonces el descanso invernal de la ciudad española que ha sabido organizarse con mayor elegancia y con más inteligentes recursos para la estación veraniega.

En los grandes hoteles, acosados por anticipadas demandas, ya cesó el febril ajetreo, y en el mar antes constantemente azul comienzan a aparecer crestas de espuma como si las olas iniciasen su servicio aportando jabón con el que dan un buen fregoteo a las playas en las que el gentío fue casi tan numeroso como las arenas.

Personalmente soy como tantos otros un gran admirador de San Sebastián y creería incompletas mis vacaciones estivales si no pudiese disfrutar allí de unos días o unas semanas. Reconozco las perfecciones que ofrece para el descanso del cuerpo y el espíritu y la siempre despierta solicitud con que cuida sus deberes de hospitalidad. Pero creo que ha superado su papel y que San Sebastián no es tan sólo un ciudad para nadar gozosamente en su ribera encalmada y refugiarse en ella contra los rigores del fuerte sol de la meseta, sino un lugar codiciable para cualquier estación y cualquier edad.

Un día vi a una аnciana inglesa leyendo un periódico de su país en uno de los bancos del paseo que se extiende a la orilla del mar. Un tamarindo, en el que unas gotas de la reciente lluvia brillaban como pedrería, le prestaban el encaje de su sombra; era enero, aquella dama gozaba de la tibieza de un clima benigno, el agua renovaba ante ella sus tonos, el ambiente social era amable, los vascos son honrados, laboriosos, cordiales, expertos marinos que ya daban caza a la ballena en tiempos muy remotos su música, sus bailables, sus costumbres, sus juegos de viril reciedumbre, la pelota, el corte de troncos-revelan el vigor de su raza, la cocina vasca tiene bien ganada la fama de suculencia en toda la Península... y yo comprendí que también para la calma de la vejez, San Sebastián puede ser un paraíso.


(05.10.1997)


Origen de la boina

 Mucho se ha escrito sobre el origen de la boina vasca, y mientras unos se inclinan por sostener que fue una novedad importada de países extranjeros, otros sostienen que es una creación debida a nuestros antepasados. No ha habido manera de poner de acuerdo a tirios y troyanos. Los decididos defensores de la teoría de que la txapela nació en nuestra tierra están en contra de los que sostienen que la boina es una deformación de la gorrilla de raso a terciopelo de los antiguos caballeros, y de los que afirman que fue importada de las Países Bajos por los servidores que formaban el cortejo del emperador Carlos V. No faltan quienes defienden la teoría más cómoda, la de afirmar que la boina es de origen desconocido como el propio euskera, y que sería una manera como otra cualquiera de perder el tiempo si se quiere descubrir su verdadero nacimiento y procedencia.

Uno de los investigadores que hace muchos años estudió el origen de la boina sostiene esta teoría: Hasta que Colón descubrió América y los españoles fueron civilizando aquel continente, éste se hallaba poblado en buena parte por razas asiáticas, especialmente tibetanos y mongoles, cazadores nómadas, que al correr de los siglos fueron saliendo de sus ranchos hacia el norte de Asia y empujados por la necesidad y el afán de conocer nuevas tierras llegaron al estrecho de Bering atravesándolo en la época de los hielos, poniendo pie en el continente americano. Al correr de los años, por la continua inmigración y reproducción de las razas visitantes, fue aumentando su población, y en aquellos pueblos descubrieron los españoles muchísimas facetas idénticas a las de la vida y maneras mongólicas y tibetanas, especialmente en ritos religiosos y costumbres bélicas

En la América central, especialmente en la península del Yucatán, floreció una importante civilización, y cuando allí llegaron en el siglo XVI los españoles, los más destacados de sus personajes cubrían sus cabezas con una especie de lienzo o cuero que se adhería por completo, muy ceñido y en forma parecida, aunque menos airosa, a la actual boina vascongada. Y de aquí debió partir, según la teoría defendida por un historiador, la deformación de las gorras de trajes de caballero de aquellas épocas, hasta convertirse en la boina, que mejoraba el modelo indio y que se llegó a adoptar porque era más cómoda y de mayor abrigo que una y otra.

Hoy la boina se usa entre los hombres menos que hace cincuenta años, pero no faltan mujeres que la llevan con una gracia inigualable.


(05.10.1996)

domingo, 4 de octubre de 2026

Un día de otoño

 EL primer día de octubre de 1903 pasó la tormenta dejando algo más que el eco del trueno rodando por el infinito y la luz siniestra del relámpago. Llantos y lágrimas sembradas al paso al arrancar, tronchando árboles y arrasando vides, la última esperanza del labrador.

Al día siguiente amaneció espléndido, soberbio, que animaba a vivir la vida del campo, donde se respira el olor de heno mezclado con el suave aroma de la manzana, que iba cayendo...

Aquel día de octubre fue retratado en el periódico con la prosa que copio a continuación: *Fue ayer el primer día de vida escolar, día de los buenos propósitos, de las santas intenciones. Si no con los labios al menos con el pensamiento dijeron ayer los escolares dulces requiebros al libro de texto, colocado frente a ellos para saciar los más nobles apetitos: el ansia bendita del saber.

Quien el primer día de clase no acaricia con mimo el tomo de doradas tapas exornadas con los atributos de la ciencia y coronadas por ángel o mujer, que es lo mismo, que lleva en su mano corona de laureles y despide de sus ojos ráfagas de gloria... ese no llegará jamás a gustar el más dulce de los deleites. Ese no gustará en la vida la velocidad.

Son ya las tardes y las mañanas más calladas en la ciudad y en las aldeas, el labrador espera sólo las primeras aguas que ablanden el suelo para meter el arado y clavar la azada que remueve los terrenos sobre los que ha de caer pronto el grano arrojado por hábil sembrador, y sólo escucha a las madrugadas y a los atardeceres el esquileo de las mulas y las coplas del garrido mozo que se acompasa de coplas no exentas de poesía.

A propósito recordamos una de aquellas, oídas en pleno campo, mientras la yunta hacía surcos y surcos con monótona uniformidad, y que no resistimos a la tentación de transcribir: "En donde te habrás criado /manojo de violetas/que no tienes quince abriles/y ya por otro me dejas".

En las grandes poblaciones, el menestral y el obrero sólo se permiten el lujo de holgar el domingo y la vida de la fábrica y del taller es también callada; sólo la pizpireta costurera, la alegre modistilla, a la caída de la tarde, interrumpe el silencio de la calle con su charla, tanto más agradable cuanto más insustancial; como bandada de gorriones después de una nevada en corral abundante en granos, salen las oficialas queriendo hablar, con los breves momentos que median del taller a su casa, cuanto pensaron o imaginaron en ocho horas de trabajo.

Y así se va deslizando hora tras hora, día tras día, el tiempo del vivir.....

(04.10.2001)


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