EL primer día de octubre de 1903 pasó la tormenta dejando algo más que el eco del trueno rodando por el infinito y la luz siniestra del relámpago. Llantos y lágrimas sembradas al paso al arrancar, tronchando árboles y arrasando vides, la última esperanza del labrador.
Al día siguiente amaneció espléndido, soberbio, que animaba a vivir la vida del campo, donde se respira el olor de heno mezclado con el suave aroma de la manzana, que iba cayendo...
Aquel día de octubre fue retratado en el periódico con la prosa que copio a continuación: *Fue ayer el primer día de vida escolar, día de los buenos propósitos, de las santas intenciones. Si no con los labios al menos con el pensamiento dijeron ayer los escolares dulces requiebros al libro de texto, colocado frente a ellos para saciar los más nobles apetitos: el ansia bendita del saber.
Quien el primer día de clase no acaricia con mimo el tomo de doradas tapas exornadas con los atributos de la ciencia y coronadas por ángel o mujer, que es lo mismo, que lleva en su mano corona de laureles y despide de sus ojos ráfagas de gloria... ese no llegará jamás a gustar el más dulce de los deleites. Ese no gustará en la vida la velocidad.
Son ya las tardes y las mañanas más calladas en la ciudad y en las aldeas, el labrador espera sólo las primeras aguas que ablanden el suelo para meter el arado y clavar la azada que remueve los terrenos sobre los que ha de caer pronto el grano arrojado por hábil sembrador, y sólo escucha a las madrugadas y a los atardeceres el esquileo de las mulas y las coplas del garrido mozo que se acompasa de coplas no exentas de poesía.
A propósito recordamos una de aquellas, oídas en pleno campo, mientras la yunta hacía surcos y surcos con monótona uniformidad, y que no resistimos a la tentación de transcribir: "En donde te habrás criado /manojo de violetas/que no tienes quince abriles/y ya por otro me dejas".
En las grandes poblaciones, el menestral y el obrero sólo se permiten el lujo de holgar el domingo y la vida de la fábrica y del taller es también callada; sólo la pizpireta costurera, la alegre modistilla, a la caída de la tarde, interrumpe el silencio de la calle con su charla, tanto más agradable cuanto más insustancial; como bandada de gorriones después de una nevada en corral abundante en granos, salen las oficialas queriendo hablar, con los breves momentos que median del taller a su casa, cuanto pensaron o imaginaron en ocho horas de trabajo.
Y así se va deslizando hora tras hora, día tras día, el tiempo del vivir.....
(04.10.2001)