En aquel viaje de 1791, tras llegar a San Sebastián Gaspar Melchor de Jovellanos visitó otros pueblos de Guipúzcoa. Pero antes de partir a pie hasta la puerta de Tierra, visita a M. Cabarris en su quinta: Buen hombre, buena mujer, seis hijas feas, bien criadas; su hijo, empleado en la Compañía de Filipinas, residente en Pasajes. Visita a los marqueses de Rocaverde, ella Mazarredo, pudiendo estar más expresivos. Al caballo de Jovellanos le sacaron un clavo, pero continuó viaje hasta Hernani donde fue a ver la iglesia. Retablo de arquitectura, esculturas muy medianas; en el presbiterio, al lado del Evangelio, la sepultura del célebre Juan de Urbieta, que prendió a Francisco I de Francia en Pavía: inscripción en lienzo que copiara el beneficiario, con la cédula de Carlos V, en la que concedió el blasón y acaso el testamento y otras memorias,
Con referencia a Juan de Urbieta, expresa Jovellarios haberle mostrado en Madrid doña maría de Alzaraizaga, viuda del capitán Sebastián de Urbieta, la certificación que decía así: “Francisco, por la gracia de Dios rey de Francia. Hacemos saber a todos aquellos a quien tocare, que Juan de Urbieta, del señor don Hugo Moncada, fue de los primeros que se hallaron en mí riesgo cuando fuimos preso delante de Pavía, y nos ayudó con todo su poder a salvar la vida, en que le estamos en obligación, y entonces nos pidió diésemos libertad a dicho señor Hugo, su amo, nuestro prisionero, y porque esto es verdad dimos firmada la presente de nuestra mano. En Piquetón, a cuatro días del mes de marzo de 1525. Francisco”.
Describe luego la iglesia, digna de ser catedral y el pa seo con bellísima arboleda de altas hayas tras la iglesia, el juego de pelota, la plaza y la vega, a la espalda del pueblo. Dice que los hombres que iban al mercado de Tolosa vestían camisa hien limpia, calzón de lienzo o paño, justillo sin mangas, de bayeta o de estameña, una chamarreta con ella al hombro, nunca puesta, albarcas o alpargatas con peales de márraga negra con listas blancas o al contrario, en la cabeza, sombrero o montera achatada en lo alto, algunos con gorra flamenca, tegida, resto de los antiguos bonetes.
Las mujeres con justillo, en mangas de camisa, medio pañuelo al pecho (que es por lo común escaso), saya de bayeta o lienzo pintado, mandil de telilla del Bearn negra y encarnada, a cuadros, de graciosa vista en la cabeza, pañuelo blanco extrañamente atado. Son de regular estatura, algunas muy altas, ágiles y limpias. aunque no me parecen serlo tanto como las vizcaínas.
(02.10.1996)