La fiesta de Santo Tomás es probablem:ente la que los donostiarras consideran mas entrañable, más koskera, la que llevan más en su corazón.
Es la feria que abre las Navidades en nuestro pueblo, la que ha hecho correr más tinta, pues no ha habido cronista que no haya escrito sobre la misma, sobre la invasión de la ciudad por el campo, sobre el aguinaldo que los amos daban a los caseros que venían a entregar las rentas, sobre la chistorra que llenaba de apetitosos olores las calles de la Parte Vieja, sobre la quincalla que se vedía en la plaza...
Y los cronistas recordaban con nostalgia cómo era aquel día en sus años de mozuelos y evocaban nombres que para ellos, vistos con la lejanía de los años, resultaban entrañables.
Uno de estos cronistas, Alfredo Laffitte, evocaba en 1924 el día de Santo Tomás de cuarenta años atrás.
Y dijérase que para escribir la crónica de la que vóy a reproducir algunos párrafos, mojó la pluma que no en tinta sino en lágrimas nostálgicas.
Decía que era lo único tradicional que quedaba, y agregaba;
'"Yo echo muy de menos todo aquello que le daba carácter. La falta de Bautista el calderero que ofrecía sus vasijas de cobre reluciente, en las que se miraba uno como en un espejo; la del armero que con sus escopetas de pistón apuntando al cielo convencía a los «casheros» para que le comprasen; al que vendía aperos de labranza, yugos para los bueyes y una partida de "acullus" con punta «chorrotza»; los consabidos «chilibitus» de cristal con «coskarabillos» y una flor artificial al extremo...
Y "Gorra" la castañera vieja y sorda que proveía de lampernas, lapas, muscullus y carraquelas; y los cronistas «koskeros» Serafín Baroja y Marcelino Soroa...
Y la feria, que se celebraba en la plaza de la Constitución, se prolongaba por las calles de la Parte Vieja.
Y muy cerca abría sús puertas la pastelería de la Rubia, las tiendas de quincallas y juguetería de Bolla, Campión y Ayani, y se vendían los chocolates de Iribas, los cigarrillos de Angel Louville, las copitas de marrasquino de la casa de Gros.
No faltaban en la evocación las funciones de. teatro euskerico que aquel día se celebraban en el Principal y la actuación dé los bersolaris.
Todo esto está escrito hace setenta años: Ya no les gustaba como era la feria en 1924.
Los que escribimos ahora podríamós evocar también con nostalgia la feria que vivimos en nuestra infancia, cuando «lloraban» las plumas de los cronistas de entonces.
KOXKAS - R.M. - DV - 21 / 12 / 1994
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miércoles, 20 de marzo de 2013
RECUERDOS DE UN DÍA ENTRAÑABLE
Santo Tomás es uno de los días más entrañables para los donostiarras. Los recuerdos de aquella fecha, que arrancan de cuando se va dejando la infancia para pasar a la pubertad, no se borran nunca de la memoria.
Un hombre mayor contaba en 1884 en el periódico «El Eco de San Sebastián» como era la feria en los años treinta para los muquizus de entonces.
Empezaba para ellos el día muy temprano. «Asistíamos (chupándonos los dedos de frío) a la misa de cinco, lo cual no impedía que una vez terminada ésta, nos trasladáramos a los arcos de la plaza y en
unión de algunas Dulcineas de trastienda que después del acto religioso se desprendían de sus mantillas, formáramos un animado paseo en medio de la mayor oscuridad, lo que daba lugar a continuos encuentros, «chilipurdis» y accesorios, y traíamos la del alba fumándonos media cigarrería de Angelito mientras veíamos aparecer lentamente la luz del día».
En los huecos de los arcos se iban colocando mesas y sobre ellas ponían calderos, sar tenes, tamboriles, tambores, panderetas, silbatos,. muñecas, arcas de Noé, no faltando los cencerros, pieles, cadenas, melenas, todo el «attrezo»del ganado vacuno.
Contaba el viejo donostiarra como ya a las 8 de la mañana había algunos baserritarras examinando una escopeta, apuntando a todas partes y disputándose el turno para probárla detenidamente.
«Es un puesto muy concurrido. Volved a las cuatro de la tarde y encontraréis la gente en la misma actitud. Ya oscurece. Ya se retira el vendedor. Y aquella misma escopeta, que tantas veces ha cambiado de mano durante el día, es recogida por su dueño para sacarla nuevamente a la venta el próximo Santo Tomás. Y asímismo se ha exhibido en otra docena de Santo Tomás».
Por los arcos, el obligado paseo, no faltando las bellas donostiarras. Si llovía, que suele ser casi todos los años, el paso por los arcos se hacía intransitable.
Había un auténticó torbellino de empujones,borrascas, gritos estridentes y risas estentoreas.
«La noche amenaza con su negro manto. El reinado del tradicional embutido cesa. ¡Un día de imperio y aquel tan corto! El más corto del año y en general poco favorecido por el tiempo ¡Pobre plaza!
Cuando recordamos las deliciosas horas que en tu regazo hemos pasado, acongójase nuestro pecho al verte tan desamparada» .
Un hombre mayor contaba en 1884 en el periódico «El Eco de San Sebastián» como era la feria en los años treinta para los muquizus de entonces.
Empezaba para ellos el día muy temprano. «Asistíamos (chupándonos los dedos de frío) a la misa de cinco, lo cual no impedía que una vez terminada ésta, nos trasladáramos a los arcos de la plaza y en
unión de algunas Dulcineas de trastienda que después del acto religioso se desprendían de sus mantillas, formáramos un animado paseo en medio de la mayor oscuridad, lo que daba lugar a continuos encuentros, «chilipurdis» y accesorios, y traíamos la del alba fumándonos media cigarrería de Angelito mientras veíamos aparecer lentamente la luz del día».
En los huecos de los arcos se iban colocando mesas y sobre ellas ponían calderos, sar tenes, tamboriles, tambores, panderetas, silbatos,. muñecas, arcas de Noé, no faltando los cencerros, pieles, cadenas, melenas, todo el «attrezo»del ganado vacuno.
Contaba el viejo donostiarra como ya a las 8 de la mañana había algunos baserritarras examinando una escopeta, apuntando a todas partes y disputándose el turno para probárla detenidamente.
«Es un puesto muy concurrido. Volved a las cuatro de la tarde y encontraréis la gente en la misma actitud. Ya oscurece. Ya se retira el vendedor. Y aquella misma escopeta, que tantas veces ha cambiado de mano durante el día, es recogida por su dueño para sacarla nuevamente a la venta el próximo Santo Tomás. Y asímismo se ha exhibido en otra docena de Santo Tomás».
Por los arcos, el obligado paseo, no faltando las bellas donostiarras. Si llovía, que suele ser casi todos los años, el paso por los arcos se hacía intransitable.
Había un auténticó torbellino de empujones,borrascas, gritos estridentes y risas estentoreas.
«La noche amenaza con su negro manto. El reinado del tradicional embutido cesa. ¡Un día de imperio y aquel tan corto! El más corto del año y en general poco favorecido por el tiempo ¡Pobre plaza!
Cuando recordamos las deliciosas horas que en tu regazo hemos pasado, acongójase nuestro pecho al verte tan desamparada» .
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