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domingo, 2 de junio de 2024
miércoles, 13 de marzo de 2013
CUANDO LLEGA EL INVIERNO
Los calendarios seguían señalando que los donostiarrás se encontraban aquellos ultimos días de octubre de 1896en otoño, pero la gente decía que había llegado el invierno. Ya habían salido a la luz capas y gabanes, se encendían las estufas y braseros. Y la.cosa estaba peor por otros sitios como Orduña, Pagasarri, Vitoria, Burgos, Segovia, Avila y Soria... donde había nevado copiosamente. Hacía un frío intensísimo en Madrid.De San Sebastián se iban los últimos veraneantes que quedaban. El periódico daba sus nombres, que yo copio: se habían marchado los marqueses de Pickman, y sus hijos los señores de León y Primo de Rivera, el exministro don Pío Gultán, los barones de Cotróstegui, la familia Soriano-Murillo, la marquesa de Donadío...Además había aparecido las castañeras, estampa típica del invierno. Su ajuar era bien modesto: un mal banquillo, un cajón con algo de paja donde metían los pies para no helarse dé frío, un hornillo con brasa yuna sartén agujereada donde se asaban y reventaban al calor las castañas, hoy anuncio ciudadano del invierno.¡Castañas! Manjar agreste que nos recuerda el aurresku frente a la iglesia del pueblo, el tamboril en la plaza, las veladas lóbregas e interminables del caserío, el aitona patriarcal rezando el Rosario... Ya están ahí las castañeras desafiando al tiempo e invitándonos a regularlas al grito de ¡asaditas, calientes!Aquel 18 de octubre de 1896 todo estaba presto para la marcha de la Corte: el tren formado en la primera vía de la estación; los focos eléctricos brillaban con todo esplendor tanto en el andén exterior como en el interior; el elemento oficial iba camino de la estación, y a la Avenida, al paseo de los Fueros y al puente de Santa Catalina comenzaban a afluir gentío inmenso, curiosos de presenciár la marcha de los Reyes.De súbito se supo que la familia real había aplazado el viaje. La noticia circuló con la rapidez del rayo. La razón que se dio fue la súbita indisposición sufrida por la infanta María Teresa, a la que el viaje de noche, según los médicos, podía perjudicar. En la estación se reunieron los altos empleados de la compañía para formar el nuevo itinerario, acordándosé que el tren real saliera a las 9.50 de la mañana del día 19. El 21 de octubre de 1886 hubo función en el Teatro Principal, pero aquel día los espectadores se hallaban fuera del edificio, frente a su fachada. La compañía francesa que iba a trabajar envió a un operador, M. Rolland, que con un potenté aparato exhibió en la fachada diversas escenas de la pieza Martyr, así como los retratos de los artistas que formaban la «troupe». La calle de Embeltrán estuvo repleta de gente.
KOXKAS - R.M. - DV - 17/05/2003
KOXKAS - R.M. - DV - 17/05/2003
NIEVA EN LA CIUDAD
Una nevada cubrió de blanco San Sebastián a principios de enero de 1894. Y no faltó la prosa política de Marcelino Soroa para describir el paisaje de la ciudad y sus alrededores envueltos en el blanco sudario de los copos de nieve.(LA UNION VASCONGADA,Jueves 4/01/1894, nº.843, portada)
Qué delicioso es ver nevar sin experimentar los rigores del frío! Observad el lento descenso de los copos que caprichosamente tienden, bien a reunirse aumentando por lo tanto de volumen, o bien parecen desdeñarse, aislándose frívolamente como si anduvieran a 'bules' hasta llegar a posarse de una manera incierta al punto menos determinado en su caída.
Después el esmalte del suelo tapizado por delicadísimas láminas que a la acción de la luz producen brillantes colores».
¿Y los pajarillos, qué es de los pajarillos cuando la nevada cubre calles, casas, jardines y paseos?
«Los ateridos pajarillos que apenas pueden tender su vuelo, llegan en pos de algún abrigo al amparo de las calles y plazas. Buen amparo les espera! Ya se encargarán los 'muquizus' de hacerlos ver que se hallan en España. Pues ya se sabe que en los jardines de París y otros puntos de Francia, los pajarillos se acercan a comer unas migas de pan de manos de los mismos chicos; porque allí no hay muquizus. Esta es una fruta genuinamente coskera. Así pues, por esta vertiente de los Pirineos, perseguidos y acosados los pobres pajarillos, con la red de emboscadas que les arman, sucumben al nutrido fuego de las bombas de campo. ¡Inocentes víctimas!».
Todos gozaban de la nieve, al decir de Marcelino Soroa. «Desde el tierno 'muguizu' que recientemente se ha colgado sus greguescos hasta el octogenario que al amor de una bien encendida estufa contempla la caída de esa infinita variedad de copos, goza cada cual a su guisa.
El placer del primero estriba en lanzarse a la calle, formar una pelotilla y mostrar regocijado en casa, gritando: ¡Ya tengo nieve, ya tengo nieve! El anciano, compara la temperatura exterior con la que él disfruta, entra en cabildeos acerca de nevadas que en sus mocedades duraron más o menos tiempo, aviva un poco el fuego, se arrellana en su sillón y concluye por exclamar: "aquí me las den todas!".
Las bolas de nieve se dirigían a los paraguas que llevaban abiertos algunos transeúntes, los atacaban con brío produciendo estrepitosos ruidos que provocaban la hilaridad de otros individuos...
Así disfrutaban aquellos chicos de hace un siglo cuando la nieve caía sobre la ciudad.
Después el esmalte del suelo tapizado por delicadísimas láminas que a la acción de la luz producen brillantes colores».
¿Y los pajarillos, qué es de los pajarillos cuando la nevada cubre calles, casas, jardines y paseos?
«Los ateridos pajarillos que apenas pueden tender su vuelo, llegan en pos de algún abrigo al amparo de las calles y plazas. Buen amparo les espera! Ya se encargarán los 'muquizus' de hacerlos ver que se hallan en España. Pues ya se sabe que en los jardines de París y otros puntos de Francia, los pajarillos se acercan a comer unas migas de pan de manos de los mismos chicos; porque allí no hay muquizus. Esta es una fruta genuinamente coskera. Así pues, por esta vertiente de los Pirineos, perseguidos y acosados los pobres pajarillos, con la red de emboscadas que les arman, sucumben al nutrido fuego de las bombas de campo. ¡Inocentes víctimas!».
Todos gozaban de la nieve, al decir de Marcelino Soroa. «Desde el tierno 'muguizu' que recientemente se ha colgado sus greguescos hasta el octogenario que al amor de una bien encendida estufa contempla la caída de esa infinita variedad de copos, goza cada cual a su guisa.
El placer del primero estriba en lanzarse a la calle, formar una pelotilla y mostrar regocijado en casa, gritando: ¡Ya tengo nieve, ya tengo nieve! El anciano, compara la temperatura exterior con la que él disfruta, entra en cabildeos acerca de nevadas que en sus mocedades duraron más o menos tiempo, aviva un poco el fuego, se arrellana en su sillón y concluye por exclamar: "aquí me las den todas!".
Las bolas de nieve se dirigían a los paraguas que llevaban abiertos algunos transeúntes, los atacaban con brío produciendo estrepitosos ruidos que provocaban la hilaridad de otros individuos...
Así disfrutaban aquellos chicos de hace un siglo cuando la nieve caía sobre la ciudad.
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