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martes, 13 de septiembre de 2022

EL CRISTO DE LEZO

 El Cristo de Lezo


LOS poblados tienen diferentes nombres según su categoría: ciudad, capital, villa, concejo, universidad, alcaldía, lugar, barrio, etcétera. Lezo era Universidad, que significaba conjunto de linajes o vecindades que estaban unidos por intereses comunes. Pues bien, a Lezo todos los 14 de septiembre acudía muchísima gente de toda la provincia, de la de Vizcaya y de Francia.

Los romeros se postraban ante el famoso Cristo de Lezo y le pedían, según escribió Francisco López Alén, «unos la salud suya o de algún familiar, otros que la cosecha fuera de resultados óptimos, que el viaje largo del hijo o del hermano fuese feliz, que el fallo del litigio fuera favorable, el matrimonio sin descendencia pedía un vástago, y en fin que no hay creyente que no venga sin causa, sin motivo y sin su consabido por qué».

El progreso ha hecho cambiar la forma de viajar pero hace siglo y medio era éste: los kostarrak o vecinos de la costa, hacían la expedición en lanchas a vela. Las embarcaciones atracaban en el puerto de San Sebastián de madrugada y de aquí tomaban el camino del santuario, lanzando a los aires el zantzo e irrintzi. Los que venían del Goyerri venían andando, de monte en monte unos, por el camino real otros, llevando los guizones las chaquetas colgadas del makilla, a manera de armas al hombro. Y aunque el día fuera espléndido, todos los caseros venían con su paraguas debajo del brazo, como una pica.

El Ayuntamiento de San Sebastián se sumaba a la fiesta, engalanaba la casa consistorial, tocaba el tamboril y en la Plaza Nueva había fuegos artificiales, toro de fuego y chupinazos.

El Santuario de Lezo se levantó en el siglo XV y en el transcurso de los años se llevaron a cabo diversas obras. El origen del famoso Cristo tiene diversas versiones. Unos dicen que cuando los vecinos de Oyarzun estaban enfrentados unos contra otros por razones materiales, unos individuos de Lezo que se incorporaron a las armas del Valle descubrieron cerca de Urdaide el crucifijo. Otros sostienen que en tiempos del cisma de Enrique VIII de Inglaterra fue traído desde allí con otra imagen de la Virgen que se conservó en el convento de San Telmo. Por último, según los más versados en la historia, fue hallado en la bahía de Pasajes. Hubo litigio sobre a quién pertenecía, pero fue la misma imagen quien lo resolvió, pues apareció tres veces en el mismo sitio, el que ocupa ahora. El Cristo de Lezo ha sido la imagen con la advocación más arraigada entre la gente de mar, y así sabemos que en el siglo XVII las naves de la Armada Real al pasar a la altura de la Universidad saludaban al Santuario con veinte cañonazos o tiros de bombarda.


R. M. 14 septiembre 2001 KOXKAS


EL CRISTO DE LEZO

 El Cristo de Lezo


Un día apareció en Pasajes un cajón herméticamente cerrado que excitó la curiosidad de unos cuantos pescadores. Abrieron el cajón y vieron que dentro había una imagen de un Cristo crucificado. Corrió la noticia e inmediatamente surgió la pregunta: ¿a dónde llevamos al Cristo? ¿A qué iglesia? Los nombres de Pasajes, Rentería y Lezo fueron los que más sonaron en las discusiones sobre el destino del Crucifijo.

Pero misteriosamente la imagen desapareció del cajón en donde estaba. Se pusieron a buscarlo y, según leo en un relato de la época, -busca por aquí, busca por allá, removiendo zarzas, hundiendo los ojos en brezos y tamarindos, dando batidas en los bosques y tropezones y tumbos en la sierra del Jaizquíbel, no pararon hasta alcanzar al fugitivo, a quien encontraron en Lezo, clavado en la Cruz y derramando lágrimas. No cabía la menor duda. El Hijo de Dios lloraba de pena porque temía verse arrancado de aquel solitario, fresco y ameno lugar donde gozaba de una paz completa, y veía. muy próximo el instante en que la concupiscencia humana le condenaría nuevamente al suplicio del cajón

Los pescadores acordaron dejarlo allí, pues parecía esa era la voluntad del Cristo. Pero uno de aquellos pescadores no estaba de acuerdo con aquel traslado milagroso y sospechaba que los de Lezo habían tramado el ardid y lo habían llevado sigilosamente a la aldea para asegurarse su posesión. Decidió robarlo del sitio donde estaba el Cristo y amparado por la noche lo llevó al cajón donde había sido descubierto

Cuando el hombre llegó a Pasajes y metió el Cristo en el cajón, estalló una tormenta tremenda, cayó agua a torrentes, silbó el viento y los estampidos de los truenos fueron enormes. La imagen del Cristo se enderezó en la caja y la cruz empezó a avanzar. -A su paso-escribió Antonio Peña y Goñi separábanse las piedras, uníanse las ramas de los árboles formando palios, marchaba sin tropezar en obstáculo alguno, moviendo solamente la cabeza ensangrentada que parecía una amapola del cielo. Mientras seguía implacable la lluvia y gemía desesperado el aire y zumbaba el trueno y caían exhalaciones por doquier y la obscuridad continuaba aterradora, la Cruz proseguía su camino rodeada de un nimbo de deslumbradora claridad, como bañada por un potente foco de luz eléctrica, que la hacía invulnerable a los efectos del temporal y le daba todo el aspecto de una visión ultraterrestre-.

Así fue andando hasta llegar a la eminencia que en Lezo ocupara la vispera. El Cristo sentó definitivamente sus reales en Lezo.

R.M. 13 Septiembre 96 KOXKAS


EL CRISTO DE LEZO

 El Cristo de Lezo


Cuenta la tradición que todo comenzó, al parecer, en Pasajes, en un cajón cerrado. Abierto por sus descubridores, vieron que en él había la talla de un Cristo crucificado. Al saberse noticia, surgió la disputa sobre dónde colocar aquella imagen que había llegado tan misteriosamente hasta el pequeño puerto guipuzcoano. Tres pueblos querían para si el Cristo, Pasajes, Lezo y Rentería, y mientras se dilucidaba el destino del Señor, el cajón permanecía sin que nadie osara tocarlo. Hasta que un día el Cristo desapareció del cajón, lo que fue interpretado como el deseo del Señor de no presenciar las vanas discusiones sobre su destino. Algunos, más exaltados, interpretaban como un castigo de Dios aquella desaparición. Comenzó la búsqueda y por fin fue encontrado en Lezo, en altozano.

Se interpretó el hecho como la manifestación expresa de Cristo de que quería permanecer en aquel apacible lugar. Pero hubo un pasaitarra que supuso que habían sido los lezoarras, deseosos de quedarse con la imagen, quienes habían sacado a ésta del cajón y la habían llevado al lugar en que apareció, y pensó en recuperarla para su pueblo. Antonio Peña y Goñi, que nos describió con su prosa inimitable la leyenda, nos describe la escena: «Hacia la media noche, aprovechando un momento en que los rayos lunares habían desaparecido comidos por un nubarrón, se encaminó a paso de lobo a la pequeña eminencia donde estaba el Cristo, se persignó primero, murmuró luego una oración, y envolviendo con mirada de ladrón avezado la pavorosa negrura que reinaba en torno, subió donde estaba la Cruz, la arrancó de cuajo y echándosela al hombro, apretó a correr. Oh, quien pudiera dar la menor idea de aquella carreral espantablel ¡Un fantasma macabro, dando saltos de corzo entre riscos y breñales, sudoroso, jadeante como si llevara encima cien quintales de peso, rodeado de horrible obscuridad y luchando a brazo partido con aquella profanación abominable, con aquel rapto criminall”

Al llegar a Pasajes, se inició una terrible tormenta de agua y viento huracanado y gran aparato eléctrico. La Cruz se levantó de la caja y comenzó a andar. «La Cruz proseguía su camino rodeada de un nimbo de deslumbradora claridad, como bañada por una potente foco de luz eléctrica que la hacía invulnerable a los efectos del temporal y le daba todo el aspecto de una visión ultraterrena. Así fue, ,andando poco a poco, hasta llegar otra vez a Lezo y posarse como una paloma en la pequeña eminencia que ocupara la víspera, y de la cual le había arrebatado una ciega cuanto punible incredulidad».

El arrepentimiento brotó, inmediatamente, en el pecho del pasaitarra, que lloró amargamente su pecado hincado ante las plantas del Cristo, que había mostrado su deseo de quedarse para siempre en Lezo. Y allí sigue, entre la veneración no sólo de los habitantes de su universidad, sino de todos los guipuzcoanos.

Esta es la leyenda del Cristo de Lezo, una leyenda más como tantas otras que rodean a las imágenes de Virgenes y santos, y que las abuelas guipuzcoanas contaban hace siglos a sus nietos en las largas noches del invierno y que Peña y Goñi recogió de labios familiares y la llevó a las cuartillas, para que no se perdiera con el transcurso de los años.


R.M. KOXKAS/12-9-86


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