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martes, 19 de mayo de 2015

CRÓNICA MARÍTIMA

La vida en el mar, la actividad de nuestros pescadores, la pesca obtenida cada día por nuestros arrantzales interesaba a la gente que vivía por aquí hace casi un siglo. Y los periódicos dedicaban todos los días un espacio de sus páginas para contar las novedades que sucedían en la costa. Voy a reproducir lo que publicaba La Voz de Guipúzcoa el día 17 de julio de 1903.

Poco movimiento se notaba en el muelle. Un vapor que descargaba carbón; una balandra arrimada a continuación del muelle derruido; cuatro o cinco "muquizus" que surcaban las aguas de la dársena en un bote con peligro de hacerlo zozobrar por el movimiento que la imprimían haciendo travesuras dentro de él; dos barcos pesqueros, obreros que picaban sus cascos de hierro, produciendo un ¡tan, tan! de caldero viejo golpeando; un balandro de regatas, limpio, pintado de blanco con las velas recogidas; la superficie de las aguas negras, reflejando los negros nubarrones que durante el día se cernían en la atmósfera: he aquí lo que había entre muelles el día de ayer.

Salieron a pescar lo mismo los vapores de rastra que las lanchas a vapor. Estas trajeron 40 millares de sardinas que se cotizaron a 40 pesetas el millar. No extraña este precio: debe tenerse en cuenta la escasez de la pesca de esta especie y además, por la afluencia de forasteros, que hace todo comestible mayor precio que el de antes. Los vapores de rastra trajeron cerca de dos mil merluzas distribuidas en la forma siguiente: los de Mercader 800, los de Aristeguieta 500 y 600 los de Otermin.

Desembarcaron también las embarcaciones pequeñas atún, aunque en escasa cantidad, y algo de langosta.
EL MUELLE HACIA 1910 (Colección STM)


En la Pescadería ingresaron 350 kilogramos de merluza que se vendieron de una a 1,80 pesetas el kilogramo; la langosta hizo de 2,60 a 3,60 y unas piezas de salmón y lubina se vendieron a 7,50 y 6 pesetas, respectivamente.

Seguía el periódico diciendo que aquel día se esperaba en el puerto el vapor Solis procedente de Amberes, que había hecho antes escala en Pasajes. Traía carga general y fondearía en la bahía de la Concha, donde haría el alijo de las mercancias consignadas a San Sebastián. Terminaba el periódico su crónica marítima diciendo que las amenazas que habían hecho algunos armadores de abanderar los barcos con que fuesen a aumentar sus flotas, registrándoles en matrículas extranjeras si el Gobierno español no  rebajaba las ominosas tarifas que tenían establecidas, se iban cumpliendo. A Bilbao habían llegado con insignias del Uruguay los vapores Uriarte num 4, Otoyo y Masota adquiridos por armadores bilbainos.

(R.M. - KOXKAS.-DV. 16/07/2000)


LAS GRANDES MAREAS DEL CANTÁBRICO

TODOS los años el mar Cantábrico nos regala en varias ocasiones el espectáculo único de las grandes mareas. Una de las mareas vivas que se recordaron muchos años fue la de 1898, en el día tradicional de finales de junio. Voy a seguir casi punto por punto, la crónica que escribió Angel María Castell de aquellas mareas.

Soplaba el noroeste y la mar estaba picada. Hasta el horizonte se cubrió para que la gente pudiera permanecer las horas muertas a la orilla del mar sin afrontar una insolación. El espectáculo fue grandioso. En la Concha , las casetas de baño se replegaron sobre el muro, como ejército que se dispusiese a resistir valientemente el asalto del enemigo.

Desde el pretil del paseo presenciaron el ataque infinidad de curiosos. Las olas se sucedían continuamente, precipitándose unas sobre otras, como huyendo de las que venían detrás, como si el ejército asaltador lo fuese derrotado y escapase a la desbandada.

El ataque no fue más que un intento de asalto un simulacro de perlas y plumas, como lo hay de flores. Las olas llegaban hinchadas, formando inmensa curva, abarquillándose un poco y reventaban extendiendo a los pies de las casetas un manto blanquísimo de espuma, simulando encajes recamados de perlas y lentejuelas.

En la Zurriola, las olas eran montañas andantes, capaces de inspirar ideas de paganismo a poco que se forzase la imaginación para presumir que un genio oculto y poderoso se revolvía furioso agitando sus monstruosos músculos debajo de la superficie.

Así como una bola de cristal salta pulverizada al estrellarse contra el suelo, así las montañas de agua reventaban contra el rompeolas estallando en un torrente, en una catarata, en un diluvio al revés de como se ven con frecuencia caer de las nubes.
AÑO 1934


¡Qué espectáculo! Parecían descargas de artillería ... de agua. Primero el cañonazo, el estruendo de la explosión, simultáneamente con la metralla en el aire, semejando un haz inmenso de hilos de cristal, quebrados a diez metros de altura.

La emoción por lo desconocido produce en los espectadores el calor del entusiasmo, un calor interno que se encarga de entibiar una ola traidora azotada por el aire, cayendo sobre el observador a guisa de ducha y calándole hasta los huesos.

Si la mar está picada, el curioso se pica también porque la ducha es acogida con carcajadas de los que se han librado de ella.

Así vio el citado cronista Castell aquellas mareas del año 1898.

(R.M. - KOXKAS - D.V. 3/07/2001)





martes, 2 de abril de 2013

martes, 26 de febrero de 2013

Mirando al mar


Con este título, José María Salaverria publicaba en octubre de 1903 un bello artículo que reproduzco en parte. "Octubre nos da una sorpresa : días serenos y templados se suceden, como una bendición inapreciable. Apenas las hojas amarillean. Cuando la  tarde declina, sobre el mar y las montañas cae el último esplendor del sol con una magnificencia oriental. Hay tardes privilegiadas en que La Concha semeja un rincón de las Cíclades, una ensenada del golfo napolitano. El color del mar es azul lechoso, con ligeras irisaciones y, a veces, muerto y obscuro en las partes donde las colinas proyectan su gran sombra.

Para ayudar a la ficción, algunas velas motean en el horizonte; más tarde llegan las barcas, con las velas tendidas, marchando lentamente como si la fatiga y la indolencia de la tarde, también a ellas les alcanzara.

Las traineras corren más agudas, semejantes a las avecillas de los mares, en cambio "los caleros" llegan de muy lejos, fatigados de correr a toda vela empujados por el viento fuerte de alta mar. Llegan con tarda marcha, balanceando los mástiles como viejos lobos marinos; en ellos va la vejez, la tradición, la lenta carrera fatigosa; la tripulan el viejo patrón,los viejos pescadores, el hirsuto y viejo perro que ladra malhumorado a las gaviotas blancas de remontado vuelo.

Pero un vapor silba de pronto y toda la calma del cuadro se destruye. Viene protestando de la pesadez, trepidando alegre, saltando cuando avanza con sacudidas de impaciencia. Y al pasar junto a las viejas barcas las arroja el torbellino de su hélice triunfante.

Triunfa, ciertamente; pero es tan feo, que las miradas se vuelven  con pena a a aquellos tiempos de las fragatas, de los bergantines, de las ligeras y blancas goletas que iban por el mar como gaviotas, en busca de países desconocidos.

Ya no hay paises desconocidos; ya no hay misterio en el mar; ha perdido, pues, gran parte de su poesía. Se han acabado los corceles marinos, muertos por el vapor, como han acabado en tierra firme expulsados por la locomotora y el automóvil (.....).

Cuando acaso algún rocín maltrecho pasee junto a las máquinas veloces su pobre catadura, y ya en el mar no corra con las velas desplegadas ningún barco ¿cómo se entenderán los poemas antiguos,las  historias, los objetos más ricos del arte?¿Quién podrá interesarse en las luchas de la Iliada, donde van los caballos vestidos con la pompa y valentía de los artistas helenos, o las derrotas inciertas de Ulises, perdiendo su nave blanca en un mar que cualquier patrón de un patache surca hoy confiadamente?".

(KOXKAS -R.M.-27 DE OCTUBRE DE 2000)

miércoles, 20 de febrero de 2013

Un pueblo junto al mar

Un periodista burgalés vino a pasar unos días de descanso a Guipúzcoa y eligió un pueblo junto al mar. Esto era hacia 1890 y después escribió esta deliciosa crónica que reproduzco: "Aún viven en mi memoria los días tranquilos que residí allí, libre de preocupaciones y de luchas; y aún recuerdo con íntimo regocijo las deliciosas horas que pasaba el domingo frente al pórtico de la vetusta iglesia, donde se juntan los habitantes del pueblo, calzando los hombres bordadas alpargatas, sobre las cuales se apoya el ancho pantalón, ceñido al cuerpo por oscura blusa entreabierta, que descubre la blanca camisa; cubierta la cabeza por azul boina caída sobre la frente, y cuidadosamente afeitado el rostro, curtido por los vientos del mar.

Visten las mujeres airoso zagalejo, limitado por el tentador contorno de una pierna  robusta, tirante corpiño que demarca las robusteces del seno, y rebocillo afelpado, tras cuyos mil pliegues se ocultan las abundosas trenzas.

Apenas escuchan el postrer acento de la campana, disuélvense los grupos, y por lados opuestos, según el sexo, y ocupando lugares también distintos, oyen la misa cantada que comienza a las diez y termina a las once y media largas, y muy largas, merced a los sermones que se predican.

Terminada la misa, bajan los hombres al puerto, dirigiéndose unos a la taberna donde apuran de un sorbo una copa de ginebra, y formando otros pequeños grupos discuten sobre faenas del mar, mientras los chiquillos se desperezan groseramente al sol o asaltan las barcas ideando mil travesuras.

Las doce campanadas del mediodía señala el desfile general. La comida espera. Es la única manifestación de la vida en que la puntualidad es española.

Después, todo el mundo a la plaza, donde unos juegan a la pelota, otros danzan al armonioso compás de un tamboril y de una flauta, y los demás charlan y ríen ocupados con múltiples entretenimientos. Así llega la noche: con ella las horas de reposo.

Y es de advertir que dichas fiestas no se ven turbadas por ninguna disputa, siendo como buenos marineros buenos bebedores los naturales de aquella población. Aún no dan las once y se restablece el silencio, que sólo interrumpen algunos perezosos al retirarse entonando el zortziko.

¡Lástima grande que la furia del Cantábrico lleve al pueblo días de lágrimas y luto!¡Lástima también que las pasiones lleguen en ciertos momentos a turbar aquella idílica calma! Dormía el mar y en sus palpitaciones enviaba besos de espuma a los acantilados que en días de temporal azotaba y asaltaba frenético.

R.M.


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