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viernes, 30 de septiembre de 2022

¡ADIÓS, ISABEL!

 ¡Adiós, Isabel!


En un cafetín que había en la calle Mayor frente al teatro Principal conspiraba un grupo de donostiarras en los lejanos días del verano de 1868, cuando el trono de Isabel II se tambaleaba. Aquellos idealistas preparaban la edición de un diario radical, el «Aurrerá», que no había de nacer hasta el mes de octubre y que tuvo solamente dos años de vida.


Aquel mes de setiembre las. noticias que llegaban a San Sebastián animaban los impulsos republicanos de aquelics hombres. Los movimientos de los militares alzados contra el trono y los de Novaliches y sus hombres que lo defendian, eran discutidos en el café. Don Joaquín Jamar era el cerebro de aquella reunión que se puso muy nerviosa al saber que aquí habían sido detenidos el general Echagüe y Caballero de Rodas, y en Madrid los generales Dulce y Córdoba. El grupo quiso ir a visitar a los militares detenidos, pero no pudieron hacerlo al haber sido trasladados a Baleares.


Isabel II, que veraneaba en Lequeitio, llegó a San Sebastián el 17 de setiembre, alojándose en el hotel de Londres, entonces palacio de Balda-Maheu. Venía a entrevistarse con Napoleón III, lo que no fue posible. Quiso entonces marchar a Madrid, pero la vía del tren había sido cortada en la provincia de Burgos, desistiendo por ello del viaje. San Sebastián se hallaba incomunicada con la capital, pues se había cortado el telégrafo. La derrota del marqués de Novaliches en el puente de Alcolea abrió las puertas de Madrid al general Serrano. La reina vio todo perdido y decidió abandonar España.


El 30 de setiembre amaneció la ciudad envuelta en brumas, soplando viento del NO, frío. A las diez de la mañana la reina y sus fieles cortesanos abandonaban el hotel. La gente se apretujaba para despedir a la soberana, y entre los en que aquel histórico momento le dieron el último adiós estaba María Arratibel, la bañera que acompañó a Isabel II al agua cuando, una niña todavía, vino por vez primera a San Sebastián en 1845.


Las lágrimas aparecieron en el rostro de la reina cuando abrazaba a la gente que la despedía. En un landó se trasladó a la estación del Norte acompañada de su esposo don Francisco de Asis, sus hijos don Alfonso. doña Isabel, doña Maria Paz y doña Eulalia, del infante don Sebastián, la marquesa de Novaliches, los marqueses de Marfori y Villamagna y Sor Patrocinio, la «monja de las llagas». Por la Avenida, que entonces se llamaba de la Reina, y entre el silencio de la gente que llenaba las aceras, llegó a la estación. No hubo las protocolarias salvas de la batería del Castillo.


En el andén, una compañía de ingenieros rindió honores, sin música pues la banda militar no llegó a tiempo. Un testigo presencial de la escena dice que al ver la reina que en lugar de la histórica enseña rojo y gualda estaba el pendón morado de Castilla, estrujó un pañuelo que llevaba en la mano. Dos diputados forales, uno carlista y otro republicano, acompañaron a la soberana hasta la frontera y al despedirlos, dijo: «¡Estos si que son caballeros!» Al llegar a Behobia, Isabel Il exclamó: «No puedo más!»>


El primer acuerdo que tomó la Junta de Gobierno que se creó en nuestra ciudad fue el cambiar el nombre de Avenida de la Reina por el de Avenida de la Libertad.


R.M. KOXKAS 29-09-85


sábado, 20 de agosto de 2016

Baños de mar (*)

Hace siglo y medio, poco más o menos, nacieron los baños de mar como ahora los conocemos. Eran, en un principio, un lujo de aristócratas y ricos, y las clases más modestas ni se acercaban a las playas.

El verano a orillas del mar y los baños en sus playas es una conquista moderna y se debe a la iniciativa de dos soberanas españolas : Eugenia de Montijo, que descubrió Biarritz, y la reina Isabel II, las playas de Guipúzcoa. Coincidieron estos descubrimientos con la puesta en marcha de los primeros ferrocarriles y la moda se extendió.

Con anterioridad a estas fechas, no se bañaban ni los que vivían en la costa junto a las playas. Alejandro Dumas contó cómo descubrió la que pronto fue la elegante playa de Trouville.

Cuando fue allá el genial novelista, Trouville era un nido de gaviotas y las familias que allí vivían sólo hacían pescar, que era su medio de vida. Sólo había una posada. Hasta que llegó Eugenia de Montijo a las Tullerias y cambiaron los gustos de la gente y comenzó a ir a las playas a bañarse.

Cuando años después volvió el novelista a Trouville se encontró con que ya había diez posadas y el terreno que se vendía a cien francos la fanega había pasado a cien francos el pie. José del Río Sanz, que escribió sobre el nacimiento multitudinario de los baños de mar no sabe qué hubiera dicho el novelista si hubiese conocido los tiempos del Casino y del Sha de Persia arriesgando a los embrujos de la ruleta los últimos diamantes de su corona.

Volviendo a España diré que el primer anuncio de los baños de mar apareció en la Gaceta de Madrid el primero de julio del año 1847 y decía textualmente: "Baños de oleaje de Santander. Habilitados los baños de ola en la espaciosa playa del Sardinero han empezado a ser concurridos de sus naturales y de muchos forasteros.
Nada se ha omitido a efecto de que los bañistas hallen todo lo necesario que requiere esta clase de establecimientos: casetas cómodas e independientes, trajes adecuados, seguridad y comodidad en los baños, como hecho especialmente para ello".

Esto era en tiempos de Isabel II que aquí en San Sebastián se bañaba entrando en el agua acompañada de la bañera María Arratibel, y luego en los de la reina María Cristina y Alfonso XIII, y las playas iban conociendo cada año más afluencia de gente.

Fueron veraneos de gran tono los de aquellos años, "con regatas y partidos de polo, en que contendían nombres con derecho a mención en las páginas exigentes del almanaque Gotha. Miramar y la Magdalena eran el punto de cita de príncipes, de cortes que ya no existen".

La gente sigue viniendo a las olas y a la brisa marina.......

(KOXKAS.- DV.- R.M. 6/06/1999)


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