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domingo, 4 de diciembre de 2016
viernes, 18 de marzo de 2016
De casas y gusanos de seda (*)
SAN SEBASTIÁN crecía a ritmo acelerado. La vieja ciudad aprisionada hasta 1863 por sus murallas, se extendía en un ensanche ideado por Cortázar, en el que trabajaban principalmente canteros venidos de toda Guipúzcoa.
En el verano de 1881 se estaban construyendo en la Avenida una casa de la señora viuda de Parga, dos del señor Blasco, cuatro del Marqués de la Laguna, una del Duque de Bailén y una del Marqués de Valdemediano.
En el paseo de la Concha, una "gran fonda" (así calificaba el periódico al futuro Hotel Continental) y dos casitas lindísimas. En el paseo de la Zurriola tres casas. En la manzana del parque de Alderdi Eder había en aquella fecha dos edificios a punto de ser terminados y uno con los cimientos a la altura de la rasante. En la calle de Zubieta, tres casas, en la calle de Vergara, dos, en la calle San Marcial, seis y una en la calle Garibay.
En total según estos datos, veintiocho nuevas casas, a las que había que agregar el Palacio de la Diputación, que sería pasto de las llamas en diciembre(25) de 1885 a los pocos meses de haber sido inaugurado, y las excavaciones comenzadas para el edificio destinado a la sucursal del Banco de España, en la calle Garibay.
El periódico "El Urumea" del que tomo estos datos, se preguntaba que sería de la nube de jornaleros que se quedarían sin ocupación y sin pan para sus familias cuando se acabaran aquellas construcciones. No sabía que la expansión de la ciudad continuaría hasta Amara y en la orilla derecha del Urumea surgiría una nueva Ciudad y pronto el edificio del Casino sería una realidad.
Y junto a esta información, que podríamos calificar de "altos vuelos", otra bien curiosa publicaba el periódico. En la tienda que en la calle del Pozo (actual acera del Boulevard) tenía el señor Bentem se había expuesto aquellos días varios tejidos de seda fabricados por el activo industrial don Gregorio Lopetedi, cuya seda procedía de los gusanos criados en los robledales de Guipúzcoa.
Escribía el periódico El Liberal de Madrid, tan atento a los aconteceres en nuestra ciudad : "Un acontecimiento grande y plausible constituye para Guipúzcoa el hecho, tan sensible al parecer, de mostrarse en los escaparates de San Sebastián las primicias de una nueva industria, con perseverante esfuerzo implantada. Son varias piezas de tejidos de seda, cuya seda procede del gusano aclimatado en los robledales guipuzcoanos. Tal es, pues, la realización feliz de los que muchos consideran utopía y el principio acaso de una fuente próspera de actividad y riqueza".
(KOXKAS - R.M.)
En el verano de 1881 se estaban construyendo en la Avenida una casa de la señora viuda de Parga, dos del señor Blasco, cuatro del Marqués de la Laguna, una del Duque de Bailén y una del Marqués de Valdemediano.
En el paseo de la Concha, una "gran fonda" (así calificaba el periódico al futuro Hotel Continental) y dos casitas lindísimas. En el paseo de la Zurriola tres casas. En la manzana del parque de Alderdi Eder había en aquella fecha dos edificios a punto de ser terminados y uno con los cimientos a la altura de la rasante. En la calle de Zubieta, tres casas, en la calle de Vergara, dos, en la calle San Marcial, seis y una en la calle Garibay.
En total según estos datos, veintiocho nuevas casas, a las que había que agregar el Palacio de la Diputación, que sería pasto de las llamas en diciembre(25) de 1885 a los pocos meses de haber sido inaugurado, y las excavaciones comenzadas para el edificio destinado a la sucursal del Banco de España, en la calle Garibay.
El periódico "El Urumea" del que tomo estos datos, se preguntaba que sería de la nube de jornaleros que se quedarían sin ocupación y sin pan para sus familias cuando se acabaran aquellas construcciones. No sabía que la expansión de la ciudad continuaría hasta Amara y en la orilla derecha del Urumea surgiría una nueva Ciudad y pronto el edificio del Casino sería una realidad.
Y junto a esta información, que podríamos calificar de "altos vuelos", otra bien curiosa publicaba el periódico. En la tienda que en la calle del Pozo (actual acera del Boulevard) tenía el señor Bentem se había expuesto aquellos días varios tejidos de seda fabricados por el activo industrial don Gregorio Lopetedi, cuya seda procedía de los gusanos criados en los robledales de Guipúzcoa.
Escribía el periódico El Liberal de Madrid, tan atento a los aconteceres en nuestra ciudad : "Un acontecimiento grande y plausible constituye para Guipúzcoa el hecho, tan sensible al parecer, de mostrarse en los escaparates de San Sebastián las primicias de una nueva industria, con perseverante esfuerzo implantada. Son varias piezas de tejidos de seda, cuya seda procede del gusano aclimatado en los robledales guipuzcoanos. Tal es, pues, la realización feliz de los que muchos consideran utopía y el principio acaso de una fuente próspera de actividad y riqueza".
(KOXKAS - R.M.)
miércoles, 13 de marzo de 2013
EL DOCTOR DELGADO
Donostiarra de nacimiento, Claudio Delgado de Ameztoy vino a este mundo el 8 de noviembre de 1843, en el cuarto piso de la casa número 9 de la calle Mayor. Quedó huérfano temprano, y entonces vivió en casa de una señora en el número 31 de la calle 31 de Agosto. Fue a la escuela pública en la que no sobresalió por sus cualidades intelectuales. El maestro señor Barrenechea, más conocido por los donostiarras de la época por "Maisu Chikiya", solía decirle: "Claudio, tú nunca serás nada. Pasas la vida en el muelle viendo los veleros y cogiendo azúcar y café de los sacos que descargan.¡Marcha a América!".
Y se fue a Cuba en aquellos bergantines de hace siglo y medio. Pensaba colocarse de dependiente de alguna tienda, y en ella ascender a contable y luego a gerente, y tal vez casarse con la hija del patrón. En Cuba empezó a estudiar y el 20 de noviembre de 1874 recibía el título de Licenciado en Medicina por la Universidad de La Habana.
Un historiador de la época escribió de él que la labor que desarrolló fue enorme. "Dirigió hospitales, saneó tierras, puso en marcha varios planes de sanidad. La fiebre amarilla con sus estragos sometía al Doctor Delgado a fuertes pruebas que le impelían a pensar acerca de un posible medio para acabar con ella".
Hacia 1880 conoció al doctor Carlos Finlay, médico, hijo de un inglés y una francesa, que trataba de luchar contra la fiebre. Delgado le dió los datos que poseía y comenzaron a estudiar. En 1885 ambos eran proclamados como los reyes de la bacteriología en Cuba. Investigaban día y noche, descubrieron que la fiebre amarilla hacia estragos en Cuba y en toda América mucho antes de que Colón pusiera los pies en ella. Los focos se hallaban en las tierras bajas y en los puertos, ya que rara vez ocurría la epidemia a más de 1.300 metros de altitud. Hasta 1870 se habían registrado en Nueva York veintitrés epidemias graves y en Río de Janeiro una epidemia había matado al 94% de los atacados.
Finlay y Delgado se pasaban días y días con el microscopio binocular escrutando muestras de sangre de enfermos, hasta que llegaron a la conclusión que la fiebre era causada por un mosquito que no vivía en la altura, el mosquito "Aedes aegypti". Dieron a conocer su descubrimiento y se comenzó a combatir , tanto en Cuba como en EE.UU. al "mosquito doméstico".
El nombre de Claudio Delgado y sus descubrimientos fueron pronto conocidos en el mundo científico y en un viaje que hizo a España en 1916 murió repentinamente el día 13 de julio. Fue una gloria científica, al que el Ayuntamiento de San Sebastián dedicó una calle en 1925.
EL DISPENSARIO DE SANTA ISABEL
No todo eran fiestas, toros, bailes, compañias de teatro, playas, conciertos ... en aquel San Sebastian veraniego y turistico de hace ochenta años. Los cronistas de la epoca que recogian en sus escritos aquel mundo festivo de entonces, no se olvidaban de otros aspectos de un San Sebastian ejemplo de humanidad y de caridad. Uno de aquellos cronistas, Cyrano, escribia que las muchachas que figuraban en las fiestas no solo pensaban en el novio, en el baile, en el golf, en el cine, en el tenis. Tambien tenian otras preocupaciones y muchas de las horas del dia lo pasaban ejerciendo obras de caridad.
Y ponia el ejemplo del Dispensario de Santa Isabel, que entonces estaba en la calle Larramendi num.25, esquina a Easo. "Sobre las tres y media hice mi entrada en el Dispensario. Muchas de las gentiles señoritas que solemos hallar en los sitios de diversion, encontrabanse alli con su uniforme de enfermeras, curando a gentes pobres sus repugnantes llagas, sus ojos purulentos, sus heridas, ulceraciones... ¡Un horror! Y todo ello sin ese nerviosismo de la mujer histerica, sin la morbosa exaltacion de quien cumple ese menester por los azares de la moda. Aquellas muchachas cumplian su mision voluntariamente, con serena conciencia, con franciscana abnegacion."
El Dispensario de Santa Isabel fue fundado por el medico Charles Vic, el popular y muy acreditado doctor Vic. La directora, una monjita todo nervio en su cuerpo menudo, era una mujer que estaba en todas partes. Habia una junta directiva formada por señoras, junta que presidia Ines Brunetti, de la que formaban parte la señora de Rezola (vicepresidenta), señora de Vic (tesorera), señora de Borie (vicetesorera), señora de Tejada (secretaria) y señorita Pilar Novallas (vicesecretaria).
Todos los jueves habia consulta de oftalmologia por el Dr. Harriet, de otorrinolaringologia los viernes, a cargo del doctor Olalde; los martes y sabados, medicina general, por los doctores Ayani y Vic. Las enfermeras, todas voluntarias, cambiaban de destino por riguroso turno, pasando de medicina general a cirugia, esterelizacion, curas, inyecciones, ventosas...
Era muy grande el culto que en el Dispensario se rendia a la caridad, pero no era menor el que se tenia a la limpieza. La blancura de suelos y paredes era inmaculada. Los guantes de cauchu estaban constantemente en danza. Los aparatos, instrumentos y ropa podrian figurar en vitrinas de una exposicion.
En la vida de aquel San Sebastian de 1918 habia algo mas, mucho mas, que bailes y noviazgos, tenis y golf...
Y ponia el ejemplo del Dispensario de Santa Isabel, que entonces estaba en la calle Larramendi num.25, esquina a Easo. "Sobre las tres y media hice mi entrada en el Dispensario. Muchas de las gentiles señoritas que solemos hallar en los sitios de diversion, encontrabanse alli con su uniforme de enfermeras, curando a gentes pobres sus repugnantes llagas, sus ojos purulentos, sus heridas, ulceraciones... ¡Un horror! Y todo ello sin ese nerviosismo de la mujer histerica, sin la morbosa exaltacion de quien cumple ese menester por los azares de la moda. Aquellas muchachas cumplian su mision voluntariamente, con serena conciencia, con franciscana abnegacion."
El Dispensario de Santa Isabel fue fundado por el medico Charles Vic, el popular y muy acreditado doctor Vic. La directora, una monjita todo nervio en su cuerpo menudo, era una mujer que estaba en todas partes. Habia una junta directiva formada por señoras, junta que presidia Ines Brunetti, de la que formaban parte la señora de Rezola (vicepresidenta), señora de Vic (tesorera), señora de Borie (vicetesorera), señora de Tejada (secretaria) y señorita Pilar Novallas (vicesecretaria).
Todos los jueves habia consulta de oftalmologia por el Dr. Harriet, de otorrinolaringologia los viernes, a cargo del doctor Olalde; los martes y sabados, medicina general, por los doctores Ayani y Vic. Las enfermeras, todas voluntarias, cambiaban de destino por riguroso turno, pasando de medicina general a cirugia, esterelizacion, curas, inyecciones, ventosas...
Era muy grande el culto que en el Dispensario se rendia a la caridad, pero no era menor el que se tenia a la limpieza. La blancura de suelos y paredes era inmaculada. Los guantes de cauchu estaban constantemente en danza. Los aparatos, instrumentos y ropa podrian figurar en vitrinas de una exposicion.
En la vida de aquel San Sebastian de 1918 habia algo mas, mucho mas, que bailes y noviazgos, tenis y golf...
R.M. - DV - 16/05/1998
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