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lunes, 5 de octubre de 2026

La ciudad armoniosa

 ESTE artículo de Wenceslao Fernández Florez fue escrito en 1954 y se titulaba “San Sebastián, la ciudad armoniosa”. Merece la pena volverlo a leer casi medio siglo después de haber sido escrito.

Cuando los últimos veraneantes salen de San Sebastián pueden pensar que las nubes otoñales que avanzan desde el horizonte marino llegan para envolver en algodón a la bella capital de Guipúzcoa y conservarla así, armoniosa y pulida, hasta que apunte el nuevo estío. Ya se han cerrado algunos comercios lujosos, ya enmudecieron algunas orquestas y las sillas de las terrazas se retiraron discretamente al interior de los cafés. Se inicia entonces el descanso invernal de la ciudad española que ha sabido organizarse con mayor elegancia y con más inteligentes recursos para la estación veraniega.

En los grandes hoteles, acosados por anticipadas demandas, ya cesó el febril ajetreo, y en el mar antes constantemente azul comienzan a aparecer crestas de espuma como si las olas iniciasen su servicio aportando jabón con el que dan un buen fregoteo a las playas en las que el gentío fue casi tan numeroso como las arenas.

Personalmente soy como tantos otros un gran admirador de San Sebastián y creería incompletas mis vacaciones estivales si no pudiese disfrutar allí de unos días o unas semanas. Reconozco las perfecciones que ofrece para el descanso del cuerpo y el espíritu y la siempre despierta solicitud con que cuida sus deberes de hospitalidad. Pero creo que ha superado su papel y que San Sebastián no es tan sólo un ciudad para nadar gozosamente en su ribera encalmada y refugiarse en ella contra los rigores del fuerte sol de la meseta, sino un lugar codiciable para cualquier estación y cualquier edad.

Un día vi a una аnciana inglesa leyendo un periódico de su país en uno de los bancos del paseo que se extiende a la orilla del mar. Un tamarindo, en el que unas gotas de la reciente lluvia brillaban como pedrería, le prestaban el encaje de su sombra; era enero, aquella dama gozaba de la tibieza de un clima benigno, el agua renovaba ante ella sus tonos, el ambiente social era amable, los vascos son honrados, laboriosos, cordiales, expertos marinos que ya daban caza a la ballena en tiempos muy remotos su música, sus bailables, sus costumbres, sus juegos de viril reciedumbre, la pelota, el corte de troncos-revelan el vigor de su raza, la cocina vasca tiene bien ganada la fama de suculencia en toda la Península... y yo comprendí que también para la calma de la vejez, San Sebastián puede ser un paraíso.


(05.10.1997)


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