Un héroe guipuzcoano
R.M.
Ardía la guerra en Cuba donde las tropas españolas luchaban contra los insurrectos levantados contra la metrópoli por los cabecillas Martí, Máximo Gómez y Antonio Macedo. No faltaban los soldados guipuzcoanos que combatían con bravura, con heroísmo, ya derramando su sangre en el campo de batalla, ya pereciendo en un hospital a consecuencia de la traidora fiebre amarilla. Los periódicos de San Sebastián daban constantemente noticias de lo que acontecía en la bella isla del Caribe.
En el mes de noviembre de 1896 publicaban la información relacionada con un acto heroico realizado por el cabo guipuzcoano Fernando González Zubieta, de la séptima compañía del tercer batallón de Alfonso XIII. Recojo casi literalmente lo que publicaba La Voz de Guipúzcoa del 28 de noviembre.
Serían las doce y media de la noche del 31 de octubre cuando el centinela de uno de los fuertes de la Azotea de Mora, situado a mitad del camino de este pueblo a Santa Clara. oyó ruido de caballos en un palmar cercano, e inmediatamente dio aviso al jefe del destacamento, teniente Arcadio Ferrades, ordenando éste que cada soldado ocupara su puesto y no hiciera fuego hasta que el enemigo no se aproximara.
A distancia de cien metros de uno de los fuertes y teniendo por medio la vía férrea existía una bodega de don Domingo Rubio, y los insurrectos, protegidos por la obscuridad de la noche, se aproximaron a ella incendiándola y rompiendo el fuego sobre los fuertes en medio de una gran gritería. D. Domingo Rubio y su familia salieron huyendo hacia el fuerte, pues los insurrectos los buscaban para matarlos.
Al llegar al fuerte, la señora Rubio notó la falta de una de sus hijas, una niña de cinco años de edad y, desesperada, se dirigía a la casa incendiada en busca de la criatura que por el nerviosismo del momento se había quedado en la casa. Al notar el cabo Fernando González Zubieta lo que pasaba a aquella pobre mujer, la agarró por un brazo y haciéndola entrar en el fuerte le dijo: ¡Señora, no se desespere usted; yo voy por su hija!».
Y calando la bayoneta a su fusil atravesó el fuego enemigo y al resplandor de la hoguera se dirigió a la casa incendiada y sacando de la cama a la niña volvió al fuerte, siendo el blanco de los insurrectos que ocultos en un palmar próximo no cesaban de disparar sobre aquel valiente, que al llegar fue vitoreado por sus compañeros, orgullosos de su acción.
El periódico, al referir el hecho, pedía alguna distinción para aquel guipuzcoano
(29.10.1996)
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