lunes, 18 de marzo de 2013

UN MARINO

MUCHOS hombres ha dado San Sebastián al mar, a mandar barcos de nuestra escuadra, a luchar contra el enemigo, principalmente ingleses y holandeses que querían apropiarse de los ricos tesoros y del oro en abundancia que desde las Américas transportaban nuestras naos a España.

Uno de los hombres que mejor hoja de servicios pudo haber presentado fue un joven que obtuvo real carta de guardia marina en 1776. Alcanzó sucesivamente los empleos de alférez, teniente de fragata, y en 1802 capitán de navío.

Recorrió todos los mares. A bordo del paquebot "San Pío" fue a Rusia y regresó de los puertos del Báltico al Ferrol. En la fragata "Matilde" desempeñó una comisión importante en Filadelfia. En el paquebot "Santa Eulalia" se halló en el reconocimiento del estrecho de Magallanes. En 1797 encargose del mando de la fragata "Ceres", defendiendo la bahía de Cádiz de los ataques de los ingleses guiados por Nelson.

En junio de 1804 procedente del Callao llegó a Montevideo y formando división con las fragatas "Medea", "Fama", "Clara" y "Mercedes" con un rico cargamento salió para la Península conduciendo 4.730.153 pesos fuertes y crecido número de objetos de gran valor. El mando de la "Mercedes" le fue conferido al marino donostiarra.

Como era de esperar,la pequeña flota española fue sorprendida por una nutrida escuadra inglesa, que al instante presentó combate; cuatro barcos contra dieciséis o veinte. La lucha fue horrorosa.

La "Medea", la "Fama" y la "Clara" atacadas por ocho embarcaciones inglesas, se defendieron valientemente, pero terminaron ante el poder de la superioridad británica. Quedó sola la "Mercedes", comandada por el marino donostiarra. Se quedaron sin proyectiles para los cañones y sin balas para las escopetas. Doce navíos fueron al abordaje del navío español. El comandante dio orden de empuñar el arma blanca "para que sepan ese gran número de ladrones como saben morir los españoles".

(Ilustración del momento de la voladura de la
fragata Nuestra Señora de las Mercedes.
Autor desconocido)
Quedaba pólvora sobre la quilla de la "Mercedes", y tras arengar el comandante a sus hombres y comenzar el abordaje, se oyó una explosión formidable en la "Mercedes" que sembró el pánico en todas las fuerzas inglesas.

El comandante de nuestra fragata, antes de que su embarcación fuera robada, mecha en mano, prendió fuego al almacén de pólvora. En un segundo sucumbió toda la tripulación compuesta de trescientos hombres.

De nuestra fragata no quedaron más que algunas astillas a la vista; todo lo demás desapareció en el mar.

Aquel comandante se llamaba don José Manuel de Goicoa.


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LA ÚLTIMA BALLENA

Última ballena pescada en Orio el 14 de mayo de 1901.
FUE la capturada en aguas de Orio en 1901 la última ballena de las que se acercaron a nuestras costas y cogieron nuestros pescadores?. Eso decían en la vecina villa y publicaron una hoja en versos narrando la efeméride. Fue el 14 de mayo de 1901 cuando a las 9 de la mañana apareció en la costa. Iba y venía y se sumergía para volver luego a aparecer.

"A ratos, introduciendo su chato hocico en la arena la removía levantando grandes pelladas por encima de las olas. Simplemente, el cetáceo se restregaba en la arena", publicó el periódico.

Un pescador la vió y dio la voz de alerta.

domingo, 17 de marzo de 2013

LA POSTA EN LA CIUDAD EN EL SIGLO XVI (y II)

El tema de la implantación de la Posta en San Sebastián siguió hasta 1590, en que fue oficialmente constituido aquí el Correo.Los señores del Concejo donostiarra insistieron en el principio de libertad que debían gozar sus vecinos y habitantes de "poner, encaminar y enviar sus cartas y despachos con los correos y peones que ellos quisieran, y a las partes y lugares que quisieran.

Querer quitar semejante libertad sería gran inconveniente respecto a la contratación de mercaderes y otros avisos e inteligencias que los vecinos puedan tener en sus negocios, por estar, como esta villa está, sobre puerto de mar y de mucho trato y comercio".

LA POSTA EN LA CIUDAD EN EL SIGLO XVI (I)

Todavía a finales del siglo XVI San Sebastián estaba aislado de mundo desde el puntode vista de las comunicaciones terrestres. El Camino Real no pasaba por nuestra Villa ni tenía un servicio de Posta. El camino de Francia quedaba estrangulado en la Herrera y el camino de Hernani era calzada de segundo orden.

El primer promotor para establecer la Posta en San Sebastián fue Don Juan de Argárate y resulta curioso el saber que los cuatro personajes que intervinieron en su implantación se llamaban Juan: el ya citado Argárate, don Juan de Idiáquez que fue el valedor en la Corte, don Juan de Tarsis, Correo Mayor del Reino, otorgante de la concesión o privilegio, y don Juan de Arbelaiz, el concesionario.

Casi diez años duraron las gestiones y trámites para el establecimiento de la Posta. Iniciados en 1581, continuaron los años 82, 84, 86 y 90. La iniciativa, escribió un cronista de la época, se abrió camino y desemboca en la realidad : en 1590 la Posta "se establece en San Sebastián, gozando desde tal momento nuestra Villa del progreso y privilegio de tener en la persona de Juan de Arbelaiz su Correo Mayor y Maestre de Posta".`

En el acta correspondiente al Regimiento (Ayuntamiento) del 9 de enero de 1581 puede leerse que se presentó ante los señores del gobierno de la Villa don Juan de Argárate, vecino de la misma, y dijo que "si la posta que corre de Irún a Astigarraga pasara por los arenales de San Sebastián, sería de gran comodidad para sus vecinos y en cierto modo daría prestigio a nuestra villa. Ello podría hacerse fácilmente construyendo un camino desde Rentería a San Sebastián; pero para ello habría que obtener Licencia del Correo Mayor del Reino don Juan de Tarsis, y para alcanzarla sería mucha parte el Sr. don Juan de Idiáquez. Por lo tanto suplicaba a sus Mercedes mandaran escribir a este último pidiéndole obtuviera la Licencia en cuestión de dicho Correo Mayor".

El Ayuntamiento donostiarra escribió una carta a don Juan de Idiáquez suplicándole alcanzara dicha licencia de don Juan de Tarsis para que pusiera la posta en los arenales de la Villa con esta condición: que quedasen sus vecinos y los de su jurisdicción en libertad de poder enviar peones y personas sin que les llevase el Maestre de Posta derecho alguno, sino que los que quisieran acudieran al Maestre de Posta con cartas y despachos y los demás pudieran encaminarlos por la vía que les pareciera .......

KOXKAS - R.M. - DV-

EL PRIMER FERROCARRIL

Fue el año 1848 cuando empezó a circular el primer tren en España, entre Barcelona y Mataró. Tres años después, en 1851, empezó a funcionar el segundo, de Madrid a Aranjuez. Otros primeros ferrocarriles fueron en 1828 en Austria y Francia; en Estados Unidos en 1829, en 1835 en Alemania y Bélgica; Cuba lo tuvo el año 1837, Rusia el 38, Italia el 39.

Hubo de pasar cierto tiempo para que Guipúzcoa viera su primer ferrocarril. Hagamos un poco de historia. La Diputación de Guipúzcoa y el Ayuntamiento de San Sebastián hicieron en 1850 las primeras gestiones, pero hubo grandes rivalidades y polémicas. El tema se puso tenso cuando en vez de proyectarse de Madrid a la frontera francesa por Alsasua, Tolosa e Irún se proyecto por los Alduides. Surgió la polémica periodística, pues mientras los periódicos El Comercio y El Guipuzcoano de San Sebastián y La España de Madrid defienden el proyecto ferroviario a través de Guipúzcoa; El Eco de Navarra y La Crónica Hispano-Americana se muestran partidarios de la otra solución.

La Diputación de Guipúzcoa empieza las gestiones para iniciar las obras siendo uno de los defensores de estas iniciativas don Fernando Lasala. Fue en enero de 1858 cuando se abre una suscripción para financiar las obras de Guipúzcoa y a ella acuden corporaciones, entidades y particulares, cubriéndose la cantidad programada rápidamente. Los veinticinco millones de reales fueron luego ampliados a treinta y tres.

Aquel año se inician las obras en dos puntos diferentes : Tolosa y San Sebastián. Fue el 22 de junio de 1858 cuando empezaron los trabajos de la vía en un montículo existente tras el frontón Beotibar de Tolosa, y en San Sebastián entre el palacio de Mundaiz de la familia Olazabal y el caserío Errota-Chiqui. En cinco años, de 1858 a 1863 terminaron las obras. Eran 95 kilómetros de longitud con 32 túneles con una longitud de 14 kilómetros, y no faltaron en el trayecto los puentes, entre ellos el de Ormaiztegui.

El primero de septiembre de 1863 empieza a funcionar el tren entre San Sebastián y Beasain; el 22 de octubre el de San Sebastián a Irún y el 15 de agosto de 1864 se inaugura oficialmente la totalidad de la línea Madrid - Irún, lo que suponía el contacto ferroviario de Madrid con París.

Un poeta donostiarra escribió estos versos para la inauguración de la línea ferrea:
"Tú verás, del vapor impálido,
Devorando el espacio triunfante,
Como el rayo cruzar humeante
Por tus valles encendido tren.

Tú verás agolparse a tu playa
Ricos dones que el mundo ambiciona
y caer esa negra corona
De murallas que oprimen tu sien".

DV - KOXKAS - R.M.

DRAMA EN EL MAR


FECHA de triste recordación en el Cantábrico la del 20 de abril de 1878. El mar arremetió con furia contra el litoral vascongado, cántabro y asturiano, hasta Galicia. Más de trescientos pescadores hallaron aquel día, que era Sábado Santo, la muerte en el mar.
El Cantábrico estaba tranquilo y nada hacía sospechar la catástrofe que pasadas unas horas ocurriría. Desde el amanecer se dejaba sentir un cefirillo bastante movido, pero el mar mostraba aspecto bonachón. La mañana avanzaba. El céfiro cambió, trocándose en viento. Son las diez y media de la mañana y en ese momento La Concha experimenta un repentino cambio; el agua se agita con alguna violencia. El horizonte lúcido hasta hacía poco, se va empañando y el cabo Machichaco apenas se distingue, envuelto en una nube de plomo. Se presiente la tragedia. Una horrorosa galerna se apodera de todo el litoral. «La entonación esmeralda clara que antes presentaba el Cantábrico -escribió un testigo de la tragedia-, se ha trucado por rabioso verde mineral mezclado con azul prusia. El mar se desespera, las olas se deshacen con estrépito en las peñas de Santa Clara. La iracunda tempestad azota en tales términos que es imposible aguantar en tierra sin apiñarse en grupos. Nadie recuerda, semejante fenómeno. Las arboladuras de los barcos surtos en la dársena crujen y se encorvan por el empuje de la galerna y silba el ventarrón entre los aparejos. Los árboles de Urgull se tronchan de raíz. ¡Las mujeres, llenas de ansiedad, miran desde el pretil invocando a la Virgen, implorando al cielo!». De repente, ¡una trainera a la vista! Era una chalupa de pescadores que con arranque titanico lucha con el gigante embravecido. «Las olas la barren sin compasión, cubriéndola se hunde, vuelve a aparecer a flote, reman con esfuerzo sobrehumano... A corta distancia otra chalupa, ambas entre la vida y la muerte, batidas por el huracán; sin más ampár:o que sus rendidas fuerzas para contrarrestar los ímpetus del monstruo bogan otra y otra vez, un empuje más ¡muchachos! ¡el todo por el todo! ¡ánimo!... y al fin conquistan La Concha a fuerza de peligrosísimas maniobras. Enfilan trabajosamente la entrada y ya los gritos, más bien los gemidos, las voces desfallecidas de los pescadores infelices, se perciben desde los muelles". Uno de los pescadores de aquellas dos lanchas, levantando las manos, exclamó: «iLo nuestro no es nada! ¡Los demás, todos, todos, se han perdido...!»El drama se había consumado. ¡Más de trescientos pescadores habían sucumbido!

KOXKAS - R.M. - DV - 24 / 04 / 2001

viernes, 15 de marzo de 2013

EL TEMPORAL

LOS veraneantes que venían a San Sebastián el siglo pasado buscaban la brisa del Cantábrico, el sol suave que no achicharraba como el de la paramera castellana en los meses del estío, los baños en La Concha y junto a esto, fiestas, toros, verbenas, regatas, el Casino, etcétera. Lo que no querían era lluvia, sobre todo la lluvia persistente que caia cuando había temporal. Cuando esto sucedía, se ponían de malhumor y los periodistas enviados por los periódicos de Madrid para contar lo que sucedía en la Corte veraniega de España, protestaban. A uno de ellos, Enrique Sepúlveda, le cogio un gran temporal de agua y viento en el verano de 1897, y todo su mal humor y su disgusto lo reflejó en una crónica, escrita no con tinta sino con hiel.

«Como quien riega con manga de ancha boca -escribía - así descargan las nubes donostiarras chubasco tras chubasco, encharcándolo todo y levantando del mar y de la tierra un espeso vapor de agua, una niebla espesa y pegajosa, que en detenninados momentos obscurece la claridad de la mañana, hasta el tono opaco del crepúsculo vespertino, y que al anochecer hace casi invisible las llamas amarillentas y temblonas del gas del alumbrado público.

¡Qué aburrimiento y qué humedad! ¡Qué humedad sobre todo! ¿Recordáis nada parecido? Mojadas las ropas de la cama, las servilletas y los manteles de la mesa; caladas las cestas (coches de caballos que precedieron a los taxis), a pesar de su toldo y cortinas impermeables; convertido en lago el Boulevard, enfangada la Zurriola, flotantes las sillas y las mesas exteriores de los cafés, soplando recio el viento, salpicando las olas a los contados curiosos que se acercan a los murallones para ver subir la marea, respirando y pisando agua en todas partes y a todas horas».

Todos los veraneantes se aburrían agotando el repertorio de los bostezos, nadie estaba en la playa, nadie se bañaba; no había música en el Boulevard, ni paseo en La Concha, ni gente en ninguna parte. Los que tenían casa propia, menos mal, pero los hacinados en casas de huéspedes adquirían los días de temporales y diluvios carácter de víctimas, «pues da compasión pensar lo insoportable que se les hará el tiempo sepultados y tabicados en el raquítico habitáculo que les sirve de alcoba,de cuarto y de tocador.

Al cabo de 48 horas, ya no llueve, diluvia. El aire convierte a la lluvia en un inmenso látigo de incontables puntas. El mar suena con fuerza y las olas se rompen con estallido de bólido. El cielo está negro; las brumas, impenetrables. ¡Que delicia!».

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