miércoles, 20 de marzo de 2013
SANTO TOMÁS DE AYER
En el almanaque donostiarra el día de Santo Tomás era una de las fiestas más características. Todos los cronistas la describieron con su mejor prosa. Voy a recoger aquí algunos párrafos de lo que hace un siglo escribió Siro de Alcain refiriéndose a los años 1850 a 1860.
Era un día maravilloso. Para los chicos que soñaban con los aguinaldos. Para los papás, propietaríos rurales,pensando en las rentas que habían de traerles los inquilinos más formales, con el aditamento de los capones. Para los caseros, saboreando la mejor comida del año en casa de los amos, aunque con el pesar de llevarles las bien guardadas y oxidadas monedas y la pareja de capones, que procuraban fuesen los más flacos, reservando los más gordos para la venta.
Para las doncellas y maritornes, calculando los fondos que reunirían con las propinas de los amos y en la conducción de capones de regalo, capones que andaban de Herodes a Pilatos, contándose el caso de un par que cambió siete domicilios. Histórico: regalaron un par de capones a una familia; esta dispuso mandárselos a otra y así, sucesivamente, quedaron cumplidas siete familias, con la particularidad que terminaron sus excursiones volviendo al punto de partida, recibiéndolos el primer generoso remitente mermados de carne, descoyuntados y hambrientos. Para los dueños de locales de quincalla, fieles depositarios de propinas y aguinaldos, pensando en hacer su agosto.
La plaza de la Constitución era el centro de la feria y allí se exhibían objetos de ferretería, telas, loza, chucherías para niños abundando los capones cuyo precio era de seis a siete pesetas el par. Se vendían los «chilivitus» adornados de cintas de colores.En las ambulantes cocinas chisporroteaban las longanizas y en otras se asaban castañas.
Eran famosas las castañera «Gorra», que también vendía lampernas, carraquelas, lapas y otros mariscos, la señorita Teresa Boba, vendedora ambulante de los pasteles de la «Rubia»; Josefa Arruca y Maenzo, corredoras de prendería...
A las 12, la mayoría de los caseros iba a casa de sus amos a comer un menú que generalmente se componía de sopa, puchero, guisado y besugo asado, queso, castañas, vino y sidra, café y aguardiente. Con el casero venía toda su familia, resultando que el propietario de ,cuatro o cinco caseríos tenía que preparar un banquete para veinte o veinticinco asistentes. Presidía la comida el más antiguo, quien tras rezar el Padre Nuestro daba la bendición-. Terminado el «gaudeamus», las caseras recogían las cestas en las que no faltaba la libra de chocolate y el bacalao.
SANTO TOMÁS
La fiesta de Santo Tomás es probablem:ente la que los donostiarras consideran mas entrañable, más koskera, la que llevan más en su corazón.
Es la feria que abre las Navidades en nuestro pueblo, la que ha hecho correr más tinta, pues no ha habido cronista que no haya escrito sobre la misma, sobre la invasión de la ciudad por el campo, sobre el aguinaldo que los amos daban a los caseros que venían a entregar las rentas, sobre la chistorra que llenaba de apetitosos olores las calles de la Parte Vieja, sobre la quincalla que se vedía en la plaza...
Y los cronistas recordaban con nostalgia cómo era aquel día en sus años de mozuelos y evocaban nombres que para ellos, vistos con la lejanía de los años, resultaban entrañables.
Uno de estos cronistas, Alfredo Laffitte, evocaba en 1924 el día de Santo Tomás de cuarenta años atrás.
Y dijérase que para escribir la crónica de la que vóy a reproducir algunos párrafos, mojó la pluma que no en tinta sino en lágrimas nostálgicas.
Decía que era lo único tradicional que quedaba, y agregaba;
'"Yo echo muy de menos todo aquello que le daba carácter. La falta de Bautista el calderero que ofrecía sus vasijas de cobre reluciente, en las que se miraba uno como en un espejo; la del armero que con sus escopetas de pistón apuntando al cielo convencía a los «casheros» para que le comprasen; al que vendía aperos de labranza, yugos para los bueyes y una partida de "acullus" con punta «chorrotza»; los consabidos «chilibitus» de cristal con «coskarabillos» y una flor artificial al extremo...
Y "Gorra" la castañera vieja y sorda que proveía de lampernas, lapas, muscullus y carraquelas; y los cronistas «koskeros» Serafín Baroja y Marcelino Soroa...
Y la feria, que se celebraba en la plaza de la Constitución, se prolongaba por las calles de la Parte Vieja.
Y muy cerca abría sús puertas la pastelería de la Rubia, las tiendas de quincallas y juguetería de Bolla, Campión y Ayani, y se vendían los chocolates de Iribas, los cigarrillos de Angel Louville, las copitas de marrasquino de la casa de Gros.
No faltaban en la evocación las funciones de. teatro euskerico que aquel día se celebraban en el Principal y la actuación dé los bersolaris.
Todo esto está escrito hace setenta años: Ya no les gustaba como era la feria en 1924.
Los que escribimos ahora podríamós evocar también con nostalgia la feria que vivimos en nuestra infancia, cuando «lloraban» las plumas de los cronistas de entonces.
KOXKAS - R.M. - DV - 21 / 12 / 1994
Es la feria que abre las Navidades en nuestro pueblo, la que ha hecho correr más tinta, pues no ha habido cronista que no haya escrito sobre la misma, sobre la invasión de la ciudad por el campo, sobre el aguinaldo que los amos daban a los caseros que venían a entregar las rentas, sobre la chistorra que llenaba de apetitosos olores las calles de la Parte Vieja, sobre la quincalla que se vedía en la plaza...
Y los cronistas recordaban con nostalgia cómo era aquel día en sus años de mozuelos y evocaban nombres que para ellos, vistos con la lejanía de los años, resultaban entrañables.
Uno de estos cronistas, Alfredo Laffitte, evocaba en 1924 el día de Santo Tomás de cuarenta años atrás.
Y dijérase que para escribir la crónica de la que vóy a reproducir algunos párrafos, mojó la pluma que no en tinta sino en lágrimas nostálgicas.
Decía que era lo único tradicional que quedaba, y agregaba;
'"Yo echo muy de menos todo aquello que le daba carácter. La falta de Bautista el calderero que ofrecía sus vasijas de cobre reluciente, en las que se miraba uno como en un espejo; la del armero que con sus escopetas de pistón apuntando al cielo convencía a los «casheros» para que le comprasen; al que vendía aperos de labranza, yugos para los bueyes y una partida de "acullus" con punta «chorrotza»; los consabidos «chilibitus» de cristal con «coskarabillos» y una flor artificial al extremo...
Y "Gorra" la castañera vieja y sorda que proveía de lampernas, lapas, muscullus y carraquelas; y los cronistas «koskeros» Serafín Baroja y Marcelino Soroa...
Y la feria, que se celebraba en la plaza de la Constitución, se prolongaba por las calles de la Parte Vieja.
Y muy cerca abría sús puertas la pastelería de la Rubia, las tiendas de quincallas y juguetería de Bolla, Campión y Ayani, y se vendían los chocolates de Iribas, los cigarrillos de Angel Louville, las copitas de marrasquino de la casa de Gros.
No faltaban en la evocación las funciones de. teatro euskerico que aquel día se celebraban en el Principal y la actuación dé los bersolaris.
Todo esto está escrito hace setenta años: Ya no les gustaba como era la feria en 1924.
Los que escribimos ahora podríamós evocar también con nostalgia la feria que vivimos en nuestra infancia, cuando «lloraban» las plumas de los cronistas de entonces.
KOXKAS - R.M. - DV - 21 / 12 / 1994
RECUERDOS DE UN DÍA ENTRAÑABLE
Santo Tomás es uno de los días más entrañables para los donostiarras. Los recuerdos de aquella fecha, que arrancan de cuando se va dejando la infancia para pasar a la pubertad, no se borran nunca de la memoria.
Un hombre mayor contaba en 1884 en el periódico «El Eco de San Sebastián» como era la feria en los años treinta para los muquizus de entonces.
Empezaba para ellos el día muy temprano. «Asistíamos (chupándonos los dedos de frío) a la misa de cinco, lo cual no impedía que una vez terminada ésta, nos trasladáramos a los arcos de la plaza y en
unión de algunas Dulcineas de trastienda que después del acto religioso se desprendían de sus mantillas, formáramos un animado paseo en medio de la mayor oscuridad, lo que daba lugar a continuos encuentros, «chilipurdis» y accesorios, y traíamos la del alba fumándonos media cigarrería de Angelito mientras veíamos aparecer lentamente la luz del día».
En los huecos de los arcos se iban colocando mesas y sobre ellas ponían calderos, sar tenes, tamboriles, tambores, panderetas, silbatos,. muñecas, arcas de Noé, no faltando los cencerros, pieles, cadenas, melenas, todo el «attrezo»del ganado vacuno.
Contaba el viejo donostiarra como ya a las 8 de la mañana había algunos baserritarras examinando una escopeta, apuntando a todas partes y disputándose el turno para probárla detenidamente.
«Es un puesto muy concurrido. Volved a las cuatro de la tarde y encontraréis la gente en la misma actitud. Ya oscurece. Ya se retira el vendedor. Y aquella misma escopeta, que tantas veces ha cambiado de mano durante el día, es recogida por su dueño para sacarla nuevamente a la venta el próximo Santo Tomás. Y asímismo se ha exhibido en otra docena de Santo Tomás».
Por los arcos, el obligado paseo, no faltando las bellas donostiarras. Si llovía, que suele ser casi todos los años, el paso por los arcos se hacía intransitable.
Había un auténticó torbellino de empujones,borrascas, gritos estridentes y risas estentoreas.
«La noche amenaza con su negro manto. El reinado del tradicional embutido cesa. ¡Un día de imperio y aquel tan corto! El más corto del año y en general poco favorecido por el tiempo ¡Pobre plaza!
Cuando recordamos las deliciosas horas que en tu regazo hemos pasado, acongójase nuestro pecho al verte tan desamparada» .
Un hombre mayor contaba en 1884 en el periódico «El Eco de San Sebastián» como era la feria en los años treinta para los muquizus de entonces.
Empezaba para ellos el día muy temprano. «Asistíamos (chupándonos los dedos de frío) a la misa de cinco, lo cual no impedía que una vez terminada ésta, nos trasladáramos a los arcos de la plaza y en
unión de algunas Dulcineas de trastienda que después del acto religioso se desprendían de sus mantillas, formáramos un animado paseo en medio de la mayor oscuridad, lo que daba lugar a continuos encuentros, «chilipurdis» y accesorios, y traíamos la del alba fumándonos media cigarrería de Angelito mientras veíamos aparecer lentamente la luz del día».
En los huecos de los arcos se iban colocando mesas y sobre ellas ponían calderos, sar tenes, tamboriles, tambores, panderetas, silbatos,. muñecas, arcas de Noé, no faltando los cencerros, pieles, cadenas, melenas, todo el «attrezo»del ganado vacuno.
Contaba el viejo donostiarra como ya a las 8 de la mañana había algunos baserritarras examinando una escopeta, apuntando a todas partes y disputándose el turno para probárla detenidamente.
«Es un puesto muy concurrido. Volved a las cuatro de la tarde y encontraréis la gente en la misma actitud. Ya oscurece. Ya se retira el vendedor. Y aquella misma escopeta, que tantas veces ha cambiado de mano durante el día, es recogida por su dueño para sacarla nuevamente a la venta el próximo Santo Tomás. Y asímismo se ha exhibido en otra docena de Santo Tomás».
Por los arcos, el obligado paseo, no faltando las bellas donostiarras. Si llovía, que suele ser casi todos los años, el paso por los arcos se hacía intransitable.
Había un auténticó torbellino de empujones,borrascas, gritos estridentes y risas estentoreas.
«La noche amenaza con su negro manto. El reinado del tradicional embutido cesa. ¡Un día de imperio y aquel tan corto! El más corto del año y en general poco favorecido por el tiempo ¡Pobre plaza!
Cuando recordamos las deliciosas horas que en tu regazo hemos pasado, acongójase nuestro pecho al verte tan desamparada» .
QUEJAS
CUALQUIER motivo es bueno para protestar. Y eso sucede hoy y sucedió el siglo pasado y sucederá en el venidero.
En un periódico de septiembre de 1884 leo entre adjetivos elogiosos, la consabida protesta. Copio el suelto: «Si San Sebastián es ahora deliciosa residencia de verano, desea ser también lo que se llama "una estación de invierno'. Condiciones y circunstancias posee para no calificar semejante aspiración de exorbitante. Su clima no es menos suave y blando que el de Niza, siendo muy superior al de Pau y otras localidades a donde viene desde noviembre a marzo gran número de ingleses y de rusos.
Cuando la ciudad termine el soberbio Casino que construye en el extremo del Boulevard; cuando se concluyan las grandes obras emprendidas en la Zurriola; por último, cuando perfeccione su sistema de alojamiento, que hoy deja todavía mucho que desear, entonces es casi seguro que obtendrá lo que ambiciona. Es menester para ello que los hoteles principien por adoptar otra marcha; que no sigan la costumbre española de hacer pagar cuarto, almuerzo y comida juntamente, introduciendo la que existe en toda Europa, con la excepción única de nuestro país, de no obligar al viajero a satisfacer sino lo que consume.
Es indispensable además, que las patronas se persuadan de que su interés consiste en moderar sus pretensiones y en ser afables y condescendientes con cuantos les honran y favorecen. Entonces los atractivos presentes y futuros, traerán sin duda alguna multitud de extranjeros opulentos a pasar los meses rigurosos del invierno en San Sebastián» .En el mismo periódico y en el mismo día, quejas contra el servicio de ferrocarriles. Las duras críticas iban a «las aglomeraciones de personas en departamentos estrechos, a los grandes retrasos en el recibo de mercancías, a las pérdidas de baúles que en vez de llegar con su dueño a esta ciudad, van por obra y gracia de la empresa a Logroño o Pamplona o Santander, que de todos se dan casos...» (En esto último con los años no se ha mejorado.Siempre recuerdo aquella definición de progreso que hacía el gran periodista Alfonso Sánchez, que era: Cuando tu avión está aterrizando en El Cairo, tu maleta llega a Buenos Aires).
Se lamentaba el periódico de los retrasos de los trenes «sin que la Compañía tenga presente los perjuicios que puede irrogar». .
Muchas de aquellas quejas podían elevarse hoy 'a quien corresponda'. Las maletas se siguen perdiendo, los restrasos continúan produciéndose y las molestias son, incluso, mayores.
En un periódico de septiembre de 1884 leo entre adjetivos elogiosos, la consabida protesta. Copio el suelto: «Si San Sebastián es ahora deliciosa residencia de verano, desea ser también lo que se llama "una estación de invierno'. Condiciones y circunstancias posee para no calificar semejante aspiración de exorbitante. Su clima no es menos suave y blando que el de Niza, siendo muy superior al de Pau y otras localidades a donde viene desde noviembre a marzo gran número de ingleses y de rusos.
Cuando la ciudad termine el soberbio Casino que construye en el extremo del Boulevard; cuando se concluyan las grandes obras emprendidas en la Zurriola; por último, cuando perfeccione su sistema de alojamiento, que hoy deja todavía mucho que desear, entonces es casi seguro que obtendrá lo que ambiciona. Es menester para ello que los hoteles principien por adoptar otra marcha; que no sigan la costumbre española de hacer pagar cuarto, almuerzo y comida juntamente, introduciendo la que existe en toda Europa, con la excepción única de nuestro país, de no obligar al viajero a satisfacer sino lo que consume.
Es indispensable además, que las patronas se persuadan de que su interés consiste en moderar sus pretensiones y en ser afables y condescendientes con cuantos les honran y favorecen. Entonces los atractivos presentes y futuros, traerán sin duda alguna multitud de extranjeros opulentos a pasar los meses rigurosos del invierno en San Sebastián» .En el mismo periódico y en el mismo día, quejas contra el servicio de ferrocarriles. Las duras críticas iban a «las aglomeraciones de personas en departamentos estrechos, a los grandes retrasos en el recibo de mercancías, a las pérdidas de baúles que en vez de llegar con su dueño a esta ciudad, van por obra y gracia de la empresa a Logroño o Pamplona o Santander, que de todos se dan casos...» (En esto último con los años no se ha mejorado.Siempre recuerdo aquella definición de progreso que hacía el gran periodista Alfonso Sánchez, que era: Cuando tu avión está aterrizando en El Cairo, tu maleta llega a Buenos Aires).
Se lamentaba el periódico de los retrasos de los trenes «sin que la Compañía tenga presente los perjuicios que puede irrogar». .
Muchas de aquellas quejas podían elevarse hoy 'a quien corresponda'. Las maletas se siguen perdiendo, los restrasos continúan produciéndose y las molestias son, incluso, mayores.
SANTA CATALINA
LA de Santa Catalina era una fecha clásica en San Sebastián. En ese día nuestros pescadores daban principio a las faenas de la pesca del besugo.
En el paseo de los Fueros, frente al Urumea, existió la iglesia de Santa Catalina y en ella el 25 de noviembre nuestros pescadores se reunían para dar principio a la pesca de cetáceos. Pero volvamos la vista atrás. Allí, en aquella iglesia, a finales del siglo XIV asistía a la religiosa función toda la marinería que «cumpliendo piadoso voto hállase descalza, la rodilla derecha que sólo a Dios doblega el vascongado -escribió hace más de un siglo Mendiz Mendi-, tiene hincada aquella gente durante toda la misa; no se siente más que el murmullo de las plegarias que salen de los pechos de los pescadores.
De entre aquel grandioso grupo sobresale la figura de uno de ellos: es la del capitán, tipo arrogante y varonil; su fervor es puro, sincero, pues la mirada tiene clavada en los pies del altar; ese hombre reza con el pensamiento y ruega con el corazón...
El capitán se persigna, levantándose y con el paso muy quedo, con las manos puestas sobre el pecho y también descalzo, se arrodilla en las gradas del altar, besa el suelo y recibe la comu nión de manos del celebrante; sigue toda su marinería, llena de fe, puñado de hombres fornidos, curtidos a la fuerza de los elementos, en cuyos corazones no cabe más miedo que el temor y el resto debidos a Dios; intrépidos marinos que en frágiles bajeles van a lanzarse a mares desconocidos, quizás para no volver más, pero que nada les arredra...
Acaba de partir la flota, es la armada del insigne don Juan de Echaide, célebre navegante donostiarra que al cabo de los tres años arribó a su pueblo, descubriendo los bancos de Terranova, habiendo bautizado a uno de sus embarcaderos con el nombre Echaide-Portu.
Habiendo sido derribada la parroquia de Santa Catalina por orden del brigadier don Alejandro de la Mota para la defensa de la plaza cuando el sitio de 1719 por los franceses al mando del duque de Berwick, la cofradía de mareantes se trasladó a Santa Máría y en la fiesta de Santa Catalina la población acudía en masa, celebrando los oficios en el altar llamado de la Comunión, en donde se venera la imagen de Santa Catalina.
Aquellas expediciones que comenzaban el día de Santa Catalina, quedaron reducidas a la pesca del besugo. «Era ley antigua en San Sebastián ceder la lengua de las ballenas a la cofradía de San Pedro: hoy después de la campaña besuguera nuestros pescadores acuden a los santuarios que por tradición legaron tan solemne costumbre y piadoso fin...»
En el paseo de los Fueros, frente al Urumea, existió la iglesia de Santa Catalina y en ella el 25 de noviembre nuestros pescadores se reunían para dar principio a la pesca de cetáceos. Pero volvamos la vista atrás. Allí, en aquella iglesia, a finales del siglo XIV asistía a la religiosa función toda la marinería que «cumpliendo piadoso voto hállase descalza, la rodilla derecha que sólo a Dios doblega el vascongado -escribió hace más de un siglo Mendiz Mendi-, tiene hincada aquella gente durante toda la misa; no se siente más que el murmullo de las plegarias que salen de los pechos de los pescadores.
De entre aquel grandioso grupo sobresale la figura de uno de ellos: es la del capitán, tipo arrogante y varonil; su fervor es puro, sincero, pues la mirada tiene clavada en los pies del altar; ese hombre reza con el pensamiento y ruega con el corazón...
El capitán se persigna, levantándose y con el paso muy quedo, con las manos puestas sobre el pecho y también descalzo, se arrodilla en las gradas del altar, besa el suelo y recibe la comu nión de manos del celebrante; sigue toda su marinería, llena de fe, puñado de hombres fornidos, curtidos a la fuerza de los elementos, en cuyos corazones no cabe más miedo que el temor y el resto debidos a Dios; intrépidos marinos que en frágiles bajeles van a lanzarse a mares desconocidos, quizás para no volver más, pero que nada les arredra...
Acaba de partir la flota, es la armada del insigne don Juan de Echaide, célebre navegante donostiarra que al cabo de los tres años arribó a su pueblo, descubriendo los bancos de Terranova, habiendo bautizado a uno de sus embarcaderos con el nombre Echaide-Portu.
Habiendo sido derribada la parroquia de Santa Catalina por orden del brigadier don Alejandro de la Mota para la defensa de la plaza cuando el sitio de 1719 por los franceses al mando del duque de Berwick, la cofradía de mareantes se trasladó a Santa Máría y en la fiesta de Santa Catalina la población acudía en masa, celebrando los oficios en el altar llamado de la Comunión, en donde se venera la imagen de Santa Catalina.
Aquellas expediciones que comenzaban el día de Santa Catalina, quedaron reducidas a la pesca del besugo. «Era ley antigua en San Sebastián ceder la lengua de las ballenas a la cofradía de San Pedro: hoy después de la campaña besuguera nuestros pescadores acuden a los santuarios que por tradición legaron tan solemne costumbre y piadoso fin...»
UN DÍA INOLVIDABLE
LA ceremonia de la primera comunión encierra siempre un encanto que unido al fervor religioso de quienes se acercan al Señor por vez primera en su vida, deja un recuerdo imborrable y para siempre y no sólo entre los pequeñuelos, sino también entre sus padres y familiares.
Ahora se celebra sólo en las parroquias, pero hace ochenta años tenia lugar también en los colegios y en las capillas. La que se celebró el domingo 2 de abril de 1918 en el Colegio de los Marianistas de Aldapeta tuvo especial eco en los periódicos locales. Escribía 'El pueblo Vasco': «Treinta niños, verdaderos ángeles por su candor e inocencia, acercáronse por vez primera a recibir en sus pechos a Jesús Sacramentado, con un corazón sano, sin mezcla de egoismos ni de ambiciones y ofreciendo a nuestra vista uno de esos espectáculos, ante el que por su grandiosidad parecíamos ver horizontes sonrosados en un porvenir muy próximo».
En una galería contigua a la capilla y organizose la procesión. La Cruz y el estandarte del colegio precedían a dos largas filas de monaguillos, seguían los niños que hicieron la primera comunión el año antes y a continuación, llevando cirios encendidos artísticamente engalanados, iban los primeros comulgantes, seguidos del director del colegio y el capellán.
Empezó el acto interpretando al órgano el 'Laudate Dominum', de Gounod. A continuación el oficiante dirigió la palabra a los asistentes. En un momento determinado, los niños abandonaron sus puestos para ir a donde estaban sus padres que con el ósculo les otorgaban el perdón.
Luego la misa, y en el momento de recibir los primeros comulgantes el Pan de los Angeles, el coro entonó el 'Anima Christi'. Voy a publicar los nombres de los comulgantes. Tal vez alguno viva hoy, con 87 años, y habrá hijos y nietos que lean aquí sus nombres, éstos: Manuel Aguirrebengoa, Alejandro Guerrero, José María Rezola, Bernardino Jaureguialzo, Manuel Barriola, José Acordagoitia, Juan Múgica, Nicolás de Mendiburu, Javier Villar, Rafael Franco, Agustín Ansa, Avelino Sobron, José J. Olaizola, Eduardo Zulaica, Javier Noain, José Zapirain, Vicente Ferraz, José María Lojendio, Eduardo de Quevedo, Jesús Aristizabal, Luis Villar, Juan Urcola, Roldán Moh, Jorge Ibarrondo, Manuel Mendizabal, Benigno Soto, José Soto, José Ugalde, Ignacio Galdos, Manuel Casadevante, Gabriel Cruz, José Cantonet y Angel Ibáñez.
En la tarde se celebró el acto de las promesas del Bautismo cantándose al final la Salve y el Tantum Ergo de Palestrina.
KOXKAS - R.M. - DV - 02 / 04 /1998
Ahora se celebra sólo en las parroquias, pero hace ochenta años tenia lugar también en los colegios y en las capillas. La que se celebró el domingo 2 de abril de 1918 en el Colegio de los Marianistas de Aldapeta tuvo especial eco en los periódicos locales. Escribía 'El pueblo Vasco': «Treinta niños, verdaderos ángeles por su candor e inocencia, acercáronse por vez primera a recibir en sus pechos a Jesús Sacramentado, con un corazón sano, sin mezcla de egoismos ni de ambiciones y ofreciendo a nuestra vista uno de esos espectáculos, ante el que por su grandiosidad parecíamos ver horizontes sonrosados en un porvenir muy próximo».
En una galería contigua a la capilla y organizose la procesión. La Cruz y el estandarte del colegio precedían a dos largas filas de monaguillos, seguían los niños que hicieron la primera comunión el año antes y a continuación, llevando cirios encendidos artísticamente engalanados, iban los primeros comulgantes, seguidos del director del colegio y el capellán.
Empezó el acto interpretando al órgano el 'Laudate Dominum', de Gounod. A continuación el oficiante dirigió la palabra a los asistentes. En un momento determinado, los niños abandonaron sus puestos para ir a donde estaban sus padres que con el ósculo les otorgaban el perdón.
Luego la misa, y en el momento de recibir los primeros comulgantes el Pan de los Angeles, el coro entonó el 'Anima Christi'. Voy a publicar los nombres de los comulgantes. Tal vez alguno viva hoy, con 87 años, y habrá hijos y nietos que lean aquí sus nombres, éstos: Manuel Aguirrebengoa, Alejandro Guerrero, José María Rezola, Bernardino Jaureguialzo, Manuel Barriola, José Acordagoitia, Juan Múgica, Nicolás de Mendiburu, Javier Villar, Rafael Franco, Agustín Ansa, Avelino Sobron, José J. Olaizola, Eduardo Zulaica, Javier Noain, José Zapirain, Vicente Ferraz, José María Lojendio, Eduardo de Quevedo, Jesús Aristizabal, Luis Villar, Juan Urcola, Roldán Moh, Jorge Ibarrondo, Manuel Mendizabal, Benigno Soto, José Soto, José Ugalde, Ignacio Galdos, Manuel Casadevante, Gabriel Cruz, José Cantonet y Angel Ibáñez.
En la tarde se celebró el acto de las promesas del Bautismo cantándose al final la Salve y el Tantum Ergo de Palestrina.
KOXKAS - R.M. - DV - 02 / 04 /1998
UN DÍA TRISTE DE DICIEMBRE DE 1688
FUE aquel 7 de diciembre de 1688 un día triste en San Sebastián. Sobre las dos de la tarde comenzó a levantarse un viento huracanado, se encapotó de nubes el cielo, alborotóse el mar. Creció a las 3 de la tarde la marea, subía ei golpe de las olas a tanta altura que excedió a los muros de la ciudad que miraban al muelle, entrando el agua dentro de ella por la parte que llamaban el Ingente. Sobre las cuatro comenzó a descargar con horrible estrépito infinidad de rayos y centellas. Cayó un rayo en el castillo de Urgull, prendió la pólvora del almacén en el que había unos 780 quintales, produdéndose tan horrible estrépito que a toda la ciudad alcanzó la conmoción.
Los que se encontraban fuera de sus casas pensaron que en ella sería el siniestro; los que estaban en los templos ál amparo de sus espesos muros, temieron que se arruinaran al sentir la fuerte conmoción y llenos de pavor buscaban la salida huyendo de un peligro que creían cierto, para caer en otro, pues las piedras, tablas, tejas y materiales del Cástillo volaron por los aires a causa de la explosión, cayendo en los tejados, calles y plazas de la ciudad.
En todos los edificios se desencajaron las puertas y ventanas, rompiendo los cristales, cayendo tabiques y paredes, saliendo los vecinos despavoridos de sus viviendas para huir de un peligro y caer en otro. Los que estaban en los templos huian y los que se encontraban en las calles pugnaban por entrar en ellos.
Los destrozos, daños y desgracias causados por aquel suceso fueron muchos. Parecieron diez soldados que estaban de guardia en el castillo, cuyos miembros volaron entre los .escombros y fueron hallados al día siguiente en distintos puntos de la ciudad; quedaron sepultados entre las ruinas del castillo dos presos que en él había; un pintor que trabajaba en su taller fue muerto por una piedra que le alcanzó; un obrero que se hallaba en el muelle murió por un golpe de proyectil; un niño quedó aplastado bajo una chimenea que se derrumbó; multitud de personas fueron heridas por la lluvia de materiales que cayó por toda la ciudad; los tejados de muchos edificios quedaron destrozados y tanto en las iglesias como en muchas casas entraba el agua en abundancia, pues el temporal de lluvias continuó varios días.
Aquel aciago día 7 de diciembrede 1688 quedó grabado en la memoria de todos los que fueron testigos de la explosión del polvorín del Castillo.
Y cada aniversario lo recordaban con tristeza acudiendo a las iglesias a rezar por los que ya no estaban con ellos.
KOXKAS - R.M. - DV - 07 / 12 / 2001
Los que se encontraban fuera de sus casas pensaron que en ella sería el siniestro; los que estaban en los templos ál amparo de sus espesos muros, temieron que se arruinaran al sentir la fuerte conmoción y llenos de pavor buscaban la salida huyendo de un peligro que creían cierto, para caer en otro, pues las piedras, tablas, tejas y materiales del Cástillo volaron por los aires a causa de la explosión, cayendo en los tejados, calles y plazas de la ciudad.
En todos los edificios se desencajaron las puertas y ventanas, rompiendo los cristales, cayendo tabiques y paredes, saliendo los vecinos despavoridos de sus viviendas para huir de un peligro y caer en otro. Los que estaban en los templos huian y los que se encontraban en las calles pugnaban por entrar en ellos.
Los destrozos, daños y desgracias causados por aquel suceso fueron muchos. Parecieron diez soldados que estaban de guardia en el castillo, cuyos miembros volaron entre los .escombros y fueron hallados al día siguiente en distintos puntos de la ciudad; quedaron sepultados entre las ruinas del castillo dos presos que en él había; un pintor que trabajaba en su taller fue muerto por una piedra que le alcanzó; un obrero que se hallaba en el muelle murió por un golpe de proyectil; un niño quedó aplastado bajo una chimenea que se derrumbó; multitud de personas fueron heridas por la lluvia de materiales que cayó por toda la ciudad; los tejados de muchos edificios quedaron destrozados y tanto en las iglesias como en muchas casas entraba el agua en abundancia, pues el temporal de lluvias continuó varios días.
Aquel aciago día 7 de diciembrede 1688 quedó grabado en la memoria de todos los que fueron testigos de la explosión del polvorín del Castillo.
Y cada aniversario lo recordaban con tristeza acudiendo a las iglesias a rezar por los que ya no estaban con ellos.
KOXKAS - R.M. - DV - 07 / 12 / 2001
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