jueves, 20 de octubre de 2022

ASI NOS VIERON (3)

 Así nos vieron (3)

SIGO hoy con los testimonios que sobre el País Vasco hicieron quienes nos visitaron en pasadas décadas.

El abate francés que nos visitó en 1660 no era sacerdote y en él se observan las desenvolportan tursa y desvergüenzas de los petimetres. Llegó a San Sebastián y se dio cuenta de que las muchachas eran en su mayor parte más hermosas, más limpias e iban mejor vestidas que en Francia.

Vio a una de ellas con un talle tan gracil y tan majestuoso a la vez, que confiesa que de no haber contemplado más que su cuerpo y su cara, ocultándose el cesto que llevaba sobre su cabeza, hubiese jurado que debería tocarse con una corona.

Desde el balcón de su alojamiento contempló a un centenar de hombres vestidos de blanco danzando con espadas y con cascabeles en las piernas, de suerte que cada extremo de espada reposase en la mano izquierda de su camarada.

Danzaron después cincuenta muchachos al son de panderetas y grandes y chicos aparecían encubiertos con caretas de papel o pergamino o con velos traslúcidos.

Siete figuras de reyes moros escoltados por su respectiva dama, con más de un San Cristóbal por detrás, formaban en la comitiva. La altura de estos figurones llegaba a los segundos pisos de las casas y sus cabezotas venían a ser tan grandes como un tonel.

En 1700 se editó en Londres. un libro sobre San Sebastián escrito por «uno que acaba de venir de allí y que aquí no fue conocido hasta hace setenta y cinco años, cuando lo 'descubrió' en una librería de la capital británica Manuel López Conde, propietario de la librería Internacional de nuestra ciudad, quien lo tradujo y lo editó.

Describe el autor cómo vivían los donostiarras: la gente distinguida no salía a la calle sin haber vaciado su buena jícara de chocolate. Las mujeres, antes de ir a la iglesia, se emperifollaban a conciencia. Después de la misa, iban los hombres al muelle y luego al centro. de la ciudad.

A las 12 en punto se disolvían las tertulias, y a comer: caldo de carne con migas de pan, servido en cazuela de barro, a continuación carne asada y cocida y por último postre.

Los pescadores, dice el autor, cuando volvían de su faena, tomaban las capas de manos de sus mujeres y se ceñían los espadines, con los que paseaban por la ciudad. Sus consortes, entre tanto, armaban en el mercado la gran algarabia.

Pescadoras y vendedoras de manzanas siempre andan a la greña, se abofetean a conciencia y no vuelven a ser amigas en una semana».


21 octubre 99 KOXKAS  R.M.

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